Raimundo Fitero
DE REOJO

Chin Choon

Nos obligan. Con un mínimo de sensibilidad que se tenga para detectar los chistes malos, los guionistas de las argumentaciones para solventar las pifias con lazo de corrupción de los dirigentes caídos en desgracia de la banda que dirige el capo Feijóo, colocan unas trampas saduceas que superan por estrambóticas a las que aparecían en alguna de las pruebas de aquella serie japonesa, “Humor amarillo”. Además de lo físico, las pruebas, los concursantes, el tono general del programa que era desbordante y alucinógeno, lo destacable fueron las traducciones libérrimas de los narradores en español. Añadían un punto de vista realmente surrealista pero que enganchaba.

Colocadas las coordenadas del caso primo del Carapolla en este segmento, lo cierto es que cada día, conforme avanza la investigación y se vierten comunicaciones, supuestas facturas y nombre del vendedor, el asunto se convierte en una perfecta tomadura de pelo, un golpe perpetrado por dos jetas con pedigrí a una administración repleta de idiotas o crédulos con el vendedor de las mascarillas de pega, un tal San Chin Choon, para reírse de los imbéciles o cómplices, que eso está por ver. 

Una confesión y un perdón. Mientras esto sucedía, el señor Martínez-Almeida aparecía en la televisión y daba una imagen de moderación que, a muchos, como a este que suscribe, nos engañó. Alabé su actitud. Me pareció que estaba haciendo lo que debía. Pero fue un espejismo, al poco lo nombró el insignificante portavoz de la banda y empezó su carrera en el PP, emparedado entre Ayuso y la nada, diciendo frases gloriosas como «seremos fascistas, pero gestionamos bien». Son fascistas y roban mucho y mal. Ahora es un hombre perdido, sin futuro, le queda su puesto como abogado del Estado y puede pedirle trabajo a San Chin Choon.