Algo huele a podrido en Islandia

Desde que la generación de Coppola revolucionó Hollywood, se ha ido volviendo más y más difícil la supervivencia del cine de autor dentro de las grandes producciones. Hoy en día parece imposible pensar en un “Apocalypse Now” (1979), por lo que milagros como “The Northman” (2022) ayudan a recuperar la fe en obras únicas a valorar como tales. Robert Eggers ha tenido que pasar por el purgatorio de los test screening previos al estreno, y le honra haber reconocido públicamente que la película ha quedado mejor con los cortes propuestos por sus productores. Lo que vemos en el montaje final son las dos horas y cuarto más intensas del cine reciente, por lo que, si algún día sale otra edición extendida, no me puedo imaginar que se mantenga ese clímax constante hasta alcanzar el éxtasis o la gloria guerrera del Valhalla.
Eggers no es, ni mucho menos, el primer cineasta que trata de conjugar cine de acción épica y tragedia clásica a la manera del maestro Kurosawa, pero es que su epopeya vikinga supera a todas las vistas hasta ahora, moviéndose en un terreno muy arriesgado al presentar un héroe con el músculo de Conan, al que bautiza como Amleth, introduciendo así la leyenda nórdica en la que se basó Shakespeare para escribir “Hamlet”. El personaje resulta ser perfecto de cara a confrontar el instinto salvaje de la especie humana con su lado más evolucionado o maquiavélico, porque este príncipe heredero destronado sangrientamente es presentado como un ser puro y básico, superado por una realidad histórica de poder y traiciones en la Islandia más belicista del siglo X.
“The Northman” (2022) no deja de ser una obra tan o más personal que las anteriores de Eggers y lo bueno es que la va a ver mucha más gente. Su mensaje críptico sigue ahí, envuelto en esa atmósfera telúrica que aquí potencian un volcán islandés en erupción y la poesía onírica y mitológica local de Sjon.

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