Cine marmoleo esculpido a cincel

Apunto de cumplir los 85 años, Andrei Konchalovsky ya se puede permitir ciertas libertades que, en otras etapas de su carrera, no siempre tuvo a su alcance. Gracias a ello, su penúltima realización “Il peccato” (2019) se sale completamente de los límites de lo que suelen ser las biografías clásicas de grandes artistas. Como quiera que no capta toda una vida, sino un momento determinado en el existir de Michelangelo Buonarroti, hasta podría establecer un diálogo o una controversia con la película de Carol Reed “El tormento y el éxtasis” (1965), con un Charlton Heston que más parecía la escultura de Moisés que el propio genio de Caprese, y que quedaba humanizado gracias al buen entendimiento con su mecenas el Papa Julio II, en la interpretación amable de Rex Harrison. Dos papeles que aquí recaen en Alberto Testone y Massimo De Francovich, respectivamente, y que vienen a ser su reverso, por representar la cara oscura del Renacimiento. Lo que quiere reflejar la película es el verdadero contexto histórico del que surgieron esas obras, cuya belleza provenía de un aliento místico que elevaba a sus autores sobre las miserias terrenales.
Konchalovsky ha elegido el realismo sucio para retratar a Michelangelo, con una imagen personal descuidada en consonancia con el feísmo ambiental de principios del siglo XVI. Es un hombre de apariencia vulgar metido en una titánica tarea creativa que le supera, algo así como una encarnación del mito de Sísifo, ya que en cierto modo cargaba con las pesadas piedras que esculpía como un cantero del marmol de Carrara.
El escultor era duro como un pedernal y podía con semejante reto a su resistencia física, pero según Konchalovsky lo que lleva peor de los tiempos adversos que le tocaron vivir eran las relaciones de poder, debido a la dependencia que implicaba el mecenazgo dentro de una Italia dividida entre los clanes florentinos y los Papas de Roma.

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