Los universos artísticos de Chillida y Miró se reencuentran en Zabalaga
«Miró en Zabalaga» quiere rendir homenaje a Miró y a la amistad que le unió a Chillida. La muestra, que está compuesta por 41 obras, se inicia al aire libre, donde esperan al visitante dos obras de grandes dimensiones del creador barcelonés: «Oiseau solare» y «Femme». Y continúa en el interior del caserío, a lo largo de las tres salas en las que se han distribuido las creaciones. Una explosión de color que contrasta con la austeridad de las paredes de piedra.

Fueron amigos. Trataban de unir sus agendas de trabajo para compartir tiempo, confidencias e inquietudes artísticas. Quiso la vida que Joan Miró falleciera en 1983, año en que Eduardo Chillida y Pilar Belzunce adquirieron Zabalaga.
El artista catalán no llegó a conocer el caserío y los terrenos que albergan el museo dedicado a su obra, aunque Luis Chillida está convencido de que en caso contrario hubiesen pasado el verano en Hernani, tal y como lo hicieron en otros lugares. Este verano sí lo harán a través de la exposición que se inaugura hoy. La muestra se inicia al aire libre, en la campa del museo, donde esperan al visitante dos obras de gran dimensión del creador barcelonés: “Oiseau solare” (1968) y “Femme” (1970), en bronce. Precisamente el pájaro y la mujer –simboliza la madre naturaleza, la fecundidad– son dos elementos muy presentes en la obra de Miró.
Se consideraba payés. Partiendo de materiales y objetos cotidianos, Miró “cultivaba“ personajes en su huerto. «Cuando estaba en el campo solo podía crear esculturas, no pinturas», remarcó la comisaria de la exposición y responsable de las exposiciones del museo, Estela Solano. La visita continúa en el interior del caserío Zabalaga. Solano ha pretendido evocar atmósferas del campo o el jardín en las tres salas en las que se distribuido la muestra.
En la presentación ante los medios ayer, reconoció las dificultades con las que se ha encontrado a la hora de colocar una obra tan colorista entre las paredes de piedra de Zabalaga, tan austeras. La selección de esculturas está acompañada de los cuatro primeros grabados pertenecientes a un juego de diez carpetas de aguafuertes titulado “Serie Mallorca”, realizado por el catalán en 1973. “Miró en Zabalaga” se completa con obra gráfica, varias series de litografías y un gran tapiz tejido por Josep Royo.
Relación estrecha
Tan distintos. Como suele ser el caso de los buenos amigos. Chillida evidenció su admiración por su amigo recién fallecido en un texto titulado “Visión del rebelde” –incluido en el catálogo editado con motivo de la muestra–, en el que lo definió como «un genio arrebatado por el arte al que los demás nunca podrán alcanzar». «Miró mirón, que piensa con los ojos», dijo el escultor donostiarra de su amigo. Y es que el catalán decía que él siempre tenía sus pies en la tierra y los ojos en las estrellas.
Su caligrafía –se exponen varias cartas que se cruzaron– refleja el carácter ordenado en el caso del donostiarra y caótico en lo que respecta al barcelonés. «Mi padre decía que Miró era convexo y él más cóncavo a la hora de crear, lo que quizás estaba unido a su forma de ser: mediterráneo, en el caso de Miró y atlántico, en el de mi padre», ahondó Luis Chillida, hijo del artista y presidente de la Fundación Chillida-Belzunce.
Tan cercanos. «El sentimiento de pertenencia a su tierra, la experiencia en París en su juventud, donde vivieron el influjo de las vanguardias artísticas cada uno en su tiempo, o la necesidad de retornar al origen» fueron, en opinión de Solana, «algunas experiencias vitales comunes que marcaron tanto el sentido de la obra de Joan Miró como la de Eduardo Chillida».
Ahora se cierra el círculo de un diálogo artístico, dado que la obra de Chillida protagonizó dos muestras en la Fundación Miró en 1986 y 2003.
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