Dabid LAZKANOITURBURU
PERFIL [MIJAÍL GORBACHOV]

Gorbachov, verdugo o testigo impotente del fin de la URSS

(Yuri LEZUNOV | AFP)

Las loas a coro de la figura de Mijaíl Gorbachov desde todas las cancillerías occidentales contrastan con la gélida reacción rusa ante la muerte de «un político y un estadista que influyó enormemente en la marcha de la historia mundial». Esta reacción fría, por no decir glacial, de su sucesor en el Kremlin, Vladimir Putin, casan, hay que reconocerlo, con la nefasta imagen de Gorby, como le conocían en Occidente, entre la mayoría de la población rusa, a la que tocó sufrir en la década de los noventa del pasado siglo el caos que siguió a la desintegración de la URSS.

La coincidencia de la muerte del último presidente soviético con la guerra que Rusia ha decidido entablar con Occidente en Ucrania no hace sino agudizar este contraste.

Mucho se ha escrito y opinado sobre aquel «joven», de entonces 54 años, que asumió en 1985 la Secretaría General del PCUS, dominado por una gerontocracia que había acentuado la decadencia del sistema del «socialismo real». Como recuerda Carlos Taibo en “Historia de la Unión Soviética, 1917-1991”, la década de los ochenta estuvo marcada por el interregno de Yuri Andropov, que había reemplazado en 1982 al fallecido Leonid Brezhnev tras dos décadas de «estancamiento brezhneviano».

Andropov, que se rodeó de un equipo de dirigentes que incluía al propio Gorbachov, no tuvo ni dos años para iniciar un proceso de reformas controladas. Tras su muerte, y pese a que Gorbachov era su delfín, el aparato optó por el octogenario Konstantin Chernenko, quien habia sido admirador confeso de Brezhnev.

Taibo explica aquel galimatías sucesorio en que «la incertidumbre que guiaba a la cúpula del poder soviético en un momento en el que la crisis, en todos los órdenes, empezaba a hacerse irrefrenable». Tras la muerte de Chernenko, Gorbachov asume la dirección del país el 11 de abril de 1985.

Sus seis años en el poder son uno de los períodos más intensos

y controvertidos de la compleja historia de Rusia.

Lideró la perestroika (reestructuración, en ruso) y la glasnost (transparencia), lo que supuso sin duda un revulsivo en una sociedad, la rusa, donde habían emergido nuevos grupos sociales, urbanos y beneficiados de la relativa prosperidad material en los sesenta y setenta.

En paralelo, y en una mezcla de necesidad perentoria por la imposibilidad de mantener el pulso militar con EEUU con cierta dosis de ingenuidad geopolítica, Gorbachov transformó el mundo al permitir la caída del Muro de Berlín, al propiciar el fin de la Guerra Fría con acuerdos de desarme y al acabar con la invasión de Afganistán. Todas ellas, sin duda, magníficas decisiones si no hubieran ido acompañadas de la constatación-convicción por parte de Occidente, sobre todo de Washington, de que eran los vencedores y de que los vencidos no merecían respeto alguno.

El nuevo presidente de la URSS abrió el debate público interno hasta niveles insospechados

en un país ideológicamente anquilosado desde la era oscura de Stalin y que Nikita Jrushov, admirado por Gorbachov, y con quien coincidía en sus orígenes ucranianos, no logró remover durante sus diez años en el poder (1954-1964) hasta que cayó defenestrado para morir en el más absoluto de los ostracismos.

Mucho se ha comparado a Gorbachov con Jrushov. Algo de razón hay, incluso en el final político de ambos -Gorbachov sufrió un golpe de Estado de los sectores más recalcitrantes del PCUS y del KGB que le arrojaron bajo los caballos del arribista Boris Yeltsin-.

Y es que la perestroika no fue acompañada de cambios estructurales decisivos y las reformas internas se limitaron a cambios cosméticos, reformas «neoburocráticas» en palabras de Taibo, que buscaban mantener el poder de la nomenklatura y sin dar satisfacción alguna a las reclamaciones populares, crecientes, frente a las, evidentes, injusticias y fallas del sistema.

Era como si su equipo acertara en el diagnóstico de los males estructurales de la URSS pero no encarara, porque no podía, o no sabía, la terapia a aplicar, en un páis-continente, no se olvide Esta versión se confirma en los vaivenes de Gorbachov en cuanto a la «política de las nacionalidades» que conformaban la Unión Soviética. Las inercias panrusas eran complejas de domeñar en una URSS que, en la práctica, supuso una continuidad, sellada por Stalin, con el histórico imperialismo zarista.

Hay quien aseguraba entonces, e insiste ahora, en que Gorbachov era un «criptocapitalista» que buscaba la implantación, sin cirugía y a pelo, de la «democracia parlamentaria» y la «libertad de mercado» occidentales en Rusia.

Por contra, y aunque la consecuencia fuera esa -la historia se repite, pero como farsa, Marx dixit-, Gorbachov fue hijo de su tiempo, un comunista que se dio cuenta de que había que hacer algo ante una deriva lenta e imparable.

Incapaz, por la correlación de fuerzas interna y por la presión occidental, de alumbrar un camino -una socialdemocracia a la rusa que serviría para el desembarco de la histórica y contestada legitimidad soviética-, entreabrió unas puertas que, a la postre, fueron una Caja de Pandora que acabó con la disolución traumática de la URSS, el resurgir de las ocultadas reclamaciones nacionales de los pueblos sometidos a Moscú, y la instauración de un capitalismo feroz y depredador en el que las élites poscomunistas se comieron literalmente las ingentes riquezas de Eurasia.

El pueblo llano identificó a Gorbachov, a su apertura interna y a Occidente, con las penurias

de los noventa y con una corrupción que dejó en una anécdota los privilegios de la nomenklatura soviética. Lo que le arrojó en brazos de Putin: capitalismo y giro ultraconservador con simbología nostálgica estalinista. De aquellos barros, estos lodos.

Lo que olvida que el principal responsable del hundimiento de la URSS no fue Gorbachov sino la propia deriva de la URSS. Y de la que Gorby no fue verdugo, aunque tampoco, por su condición de líder, testigo impotente. Inocente no, pero con la eximente de que le tocó gestionar el fin dramático de una era.

Sea solo por eso, descanse en paz.