Mediterráneos
Las costas del Mediterráneo se dividen en dos, las de salida y las de llegada: hay muchas más playas y más noches de embarque que de desembarque. En su largo y estremecedor poema coral “Solo ida”, el napolitano Erri de Luca escribe: “No vino el mar a recogernos, / nosotros recogimos el mar con los ojos abiertos. / El mar no es el río que conoce el trayecto, es agua salvaje, / debajo es vacío desencadenado y precipicio. / Nosotros solo somos ida. / Somos los innumerables, / adoquinamos de esqueletos vuestro mar para caminar sobre ellos”. Pero Erri de Luca es también ese niño de diez años que crece en Nápoles narrador de “Los peces no cierran los ojos”; en su aprendizaje vital, el Mediterráneo y los pescadores ocupan un bellísimo y esencial lugar. De Homero y Virgilio y Herodoto y Ausias March hasta los Durrell, y Camus y Sciascia y Ritsos y Vicent, el Mare Nostrum tiene alma literaria. Pero también los infinitos desmanes que el depredador ser humano ha perpetrado en sus costas y en sus aguas; y ahí hay que leer a Rafael Chirbes: “En la orilla”, “Crematorio” o ese vibrante y personal libro de viajes que es “Mediterráneos”, con once paradas: Estambul, Valencia, Génova, Alejandría, Djerba, Benidorm, Creta…A pesar de que hemos perdido el hilo de Ariadna que nos guiaba en el laberinto del mundo, “los bienaventurados siguen celebrando cada día el rito de la charla y el milagro de un rayo de sol que resbala sobre las escamas de una lubina al tiempo que el mar frota los cantos de la playa”. Entre olivos, naranjos, cipreses, viñedos, almendros y algarrobos nos sumamos a la fiesta perpetua del sol.

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