Koldo LANDALUZE
FALLECE EL GENIAL CINEASTA FRANCÉS A LOS 91 AÑOS

Godard nunca estuvo aquí, sino en la subversión de una pantalla

Irónico y provocador, Jean-Luc Godard se instaló en el medio cinematográfico para cuestionarlo y subvertirlo. Su extensa y heterodoxa filmografía incluye joyas como «Al final de la escapada», «Pierrot el loco» o «Banda aparte» y, junto al resto de la “Nouvelle Vague”, se aplicó en buscar nuevos discursos. El cineasta falleció ayer a los 91 años de edad.

Genio y figura, el cineasta en una presentación en París en 2010.
Genio y figura, el cineasta en una presentación en París en 2010. (Miguel MEDINA | AFP)

Jean-Luc Godard siempre fue un paso por delante del resto. Su cine siempre apostó por la trasgresión y el riesgo que ello siempre conlleva. Fue un artesano que se encontraba cómodo en la cuerda floja y su nombre quedó inscrito en la historia del cine cuando en 1960 estrenó su primer filme, “À bout de souffle”.

Aquel “Al final de la escapada” dinamitó los códigos narrativos tradicionales y sentó las bases de una generación de cineastas que se conjuró para buscar nueva vías alejadas del academicismo imperante.

Godard debutó en el cine a los 19 años. Por entonces era crítico en la emblemática revista “Cahiers du Cinéma”, donde sus afilados artículos y de los que firmaban compañeros, como François Truffaut, Éric Rohmer o Claude Chabrol, les hizo ser conocidos como los “jóvenes turcos”. Todos ellos se revelaron contra lo que Truffaut definió como “cine de papá” y, asumido el reto, no dudaron en exponer mediante la cámara lo que pregonaban en sus escritos. De todo ello surgió la Nouvelle Vague, una nueva y revitalizadora ola que rompió las convenciones existentes e irrumpió en el panorama de la época como una revolución técnica y artística.

Apache cinematográfico

Godard nació en París en una familia burguesa protestante suiza. Hijo de médico y nieto por parte de madre de banqueros suizos, vivió sus primeros años en Suiza, pero de adolescente volvió a la capital del Estado francés y allí, como buen apache cinematográfico, encontró en la Filmoteca y el cine-club del Barrio Latino su personal territorio de caza.

Su primer coqueteo como director fue con un documental sobre los trabajadores de la construcción, “Opération Béton” (1953). Su estreno con ese género no sería casual: cinco años después rodó “À bout de souffle” como si fuera un reportaje de actualidad. Esa voluntad de mostrar el mundo tal y como es, en lugar de la imagen ficticia que ofrecían los estudios convencionales, fue uno de los signos distintivos de la Nouvelle Vague y ofreció además una espontaneidad inédita en los actores. Le seguirían otras obras como “Le Mépris” (1963), con Brigitte Bardot, o “Pierrot le Fou” (1965), con Anna Karina y de nuevo con Jean-Paul Belmondo como protagonista, como ya hiciera con “À bout de souffle”. “Pierrot el loco” supuso un punto de inflexión en su carrera; en realidad, cada título suyo estaba abocado a ser un punto de inflexión, pero en el caso del este filme fue más allá de lo que había hecho hasta el momento, subvertir los géneros clásicos. Lo hizo con el policíaco (“À bout de souffle”) y también con la ciencia ficción (“Alphaville”).

Para Godard, “Pierrot le fou” (1965) «no es realmente una película, es un intento de cine. La vida es el sujeto, con el cinemascope y el color como sus atributos. En definitiva, la vida llenando la pantalla igual que la tapa que cierra el inodoro que se está vaciando al mismo tiempo».

Godard siempre estaba activo, sobre su mesa siempre había varios proyectos a la espera y, cada vez que se anunciaba un nuevo filme suyo, se le atribuía la coletilla de “testamento”. Al veterano cineasta le hacía gracia que sellaran su filmografía y siempre irónico, solía decir: «¿Cuál es la ambición de mi vida? Llegar a ser inmortal y morirme».