Ceremonia y discurso
Vladimir Putin tiene aires de imaginería religiosa articulada. La ceremonia en la que fue firmando la adhesión, uno a uno, de los territorios que se convirtieron en cuatro días en parte de la Federación Rusa estuvo cargada de una sencillez embadurnada de simbología. Todos los documentos viajaban de una mesa a la otra a manos de fornidos uniformados, los gastadores en terminología militar chusquera, que parecían estar realizando una representación de una pastoral zarista. El público, restringido, no mostró ningún entusiasmo, la figuración sin frase tiene estos defectos, solamente reaccionan frente al cartel de aplaudir. Los cuatro delegados de los nuevos territorios rusos, junto a Putin, gritaron sus correspondientes vivas con un rigor corporal estricto de marcado sesgo militar. Susto o muerte.
Llegó el discurso y se debe analizar con la certidumbre de que Putin es un gran orador, que estructura su mensaje homófobo para lograr sus objetivos de manera escalonada. Los de autoconvencimiento, los de ilusionar a los suyos, los de amenazar a los demás, en este rubro, siempre con una minuciosa graduación para señalar detalles de cierto peso específico denunciando al régimen de Ucrania, advirtiendo a los envalentonados chicos de la OTAN recordándoles que, desde ese momento, la defensa de Rusia empieza en esas fronteras específicas y que una agresión pone las ojivas nucleares más cerca.
Si un diplomático y/o militar estadounidense dice que ellos no han saboteado el gasoducto, las sospechas se acrecientan. Zelenski sigue con su camiseta caqui ganando minutos televisivos.

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