Hecho a sí mismo
Los aeropuertos actuales son inhóspitos, diseñados para el consumo y el estrés del pasajero. Pero hubo un tiempo en que los aeropuertos eran lugares en los que se podía establecer una relación casi filosófica con el espacio, lugar de tránsito de sueños, ilusiones y amores. Acaba de morir un perfecto antihéroe hecho a sí mismo, un ciudadano iraní de origen que pasó dieciocho años viviendo en una esquina del aeropuerto parisino Charles de Gaulle. Su vida inspiró a Spielberg para hacer una película basada en sus circunstancias, “La Terminal”, y eso convirtió a Mehran Karimi Nasseri en alguien conocido, pese a que su perfil administrativo no dejaba de ser bastante difícil de comprender ni siquiera a la luz del más conspicuo Kafka.
Tras pasar unos años en albergues de acogida, hacía unas semanas que había otra terminal donde ha muerto. Su retorno al único lugar que pudo considerar su hogar, su referencia, allá dónde encontraba calor, apoyo, comida, aseo, nadie le importunaba, se fundía con un paisaje movible, ocasional, pero con unos ventanales siempre dispuestos a señalarle las coordenadas en el globo terráqueo que le servían para reconocerse como un persona, un ser humano, sin otro requerimiento que sus pulsaciones para darse por vivo.
Civilmente no existía. Cuando le dieron papeles se sintió desposeído de su ciudadanía propia, única, poseedor de un banco de un aeropuerto. Ha muerto y nadie puede entender todos los deseos que ha visto despegar, todas las frustraciones que ha visto aterrizar, todos los pasaportes que han desfilado frente a sus ojos de aduanero del olvido.

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