A mordiscos y pañales con la vida

Con tal solo dos largometrajes, Pilar Palomero se ha situado entre lo mejor de la cinematografía del Estado español y lo ha logrado siendo coherente con un discurso en el que no caben medias tintas y sí en cambio una honestidad aplastante y desarrollada a través de una exquisita sensibilidad no exenta de crudeza.
La cineasta mira cara a cara a sus personajes y jamás los aprisiona en secuencias discordantes. Todo se aferra a una realidad y a una serie de conductas fuertemente arraigadas en una realidad que, tal vez por su excesiva proximidad, tiende a pasar a urtadillas. Si en su anterior “Las niñas” abordó la mecánica de unas jóvenes en un colegio de monjas de los años noventa, en esta oportunidad su directora nos invita a ser partícipes de la odisea vital de una adolescente embarazada.
Palomero coloca a su protagonista en un entorno en el que impera la incertidumbre que siempre aguarda al doblar la esquina. Carla, la protagonista, es una adolescente de 14 años que vive junto a su madre, también muy joven, y que tras mantener una relación sexual con un buen amigo quedó embarazada. Descubrimos en Carla -impecable interpretación a cargo de Carla Quílez- una personalidad irreductible y que, por su propio carácter, parece obligada a plantar cara a cuanto se ponga por delante.
La protagonista encontrará en el centro que da título al filme un punto de encuentro y nexo con otras mujeres que, al igual que ella, deben afrontar un nuevo modelo de vida en el que pasaron de la infancia a la edad adulta sin apenas tránsito. Todo ello nos aporta una crónica más relativa a las relaciones maternofiliales que se establecen fuera de los tópicos y en un contexto en el que, sobre todo, imperan las complejidades íntimas y las dudas emocionales.

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