Han pasado cien años y apenas cambia nada

La tarea de “Wish: El poder de los deseos” no era fácil; con este filme, Disney quería rendir homenaje a sus cien años de existencia. El filme se presenta como una obra con múltiples capas de significado. Por un lado, celebra el citado centenario al rendir un homenaje visual a toda la extensa obra del estudio a lo largo del último siglo. Desde el título, inspirado en el himno de la empresa, hasta la secuencia adicional al final de los créditos, la película está repleta de referencias a sus grandes clásicos en un intento por estimular la nostalgia.
Además de ser una celebración, la película representa un retorno a los orígenes de los de Burbank, configurándose como un clásico moderno en sí misma. Con una heroína sólida y divertida, así como un villano bastante malévolo, la trama se desenvuelve como una narrativa clásica con un toque contemporáneo.
Sin embargo, a pesar de su destreza técnica innegable, la película se ve afectada por cierto temor a arriesgarse, dando la sensación de que está más centrada en evitar errores que en lograr algo verdaderamente rupturista.
Detrás del proyecto se encuentran pesos pesados como Chris Buck, director de “Frozen”, y Fawn Veerasunthorn, quien desempeñó un papel crucial en la animación y el arte de dicha película. El guion, creado por los autores de “Frozen”, logra entrelazar con maestría los homenajes a los clásicos de Disney con una historia original, aunque dentro de ciertos límites. A través de su protagonista Asha, la película promueve la idea de perseguir deseos que realmente valgan la pena, aquellos que dan sentido a la vida. Una noción muy vaga y en la que tan solo predomina la eterna constante de Disney de recurrir a castillos, hadas, reyes y princesas.

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