Alta traición
Se usa con demasiada ligereza la acusación de traición. Hace un tiempo que llegué a la conclusión de que el traidor casi siempre es el que llama traidor al otro. Por eso, cuando un juez busca más protagonismo que Milei y acusa de alta traición a Puigdemont y una docena más de inculpados, entro en barrena en el delirio libertario, libertino, liberticida, anti toga y me cuesta no insultar y lanzar improperios delante de la muralla, ya que si un juez puede iniciar los trámites de un proceso enmarcando su denuncia en ese enunciado de alta traición es porque las leyes se lo permiten, porque estará en el Código Penal de manera expresa y bien definidas las acciones que caben dentro de esa figura que suena a motivo para citarse a duelo al amanecer, una retórica bélica, un enjuiciamiento sumarísimo en regímenes autoritarios o dictaduras y dictablandas iluminadas.
En el amor o en la paz, la traición es una emoción, un sentimiento una reducción de la complejidad del comportamiento humano. En la guerra la traición es justamente el motivo iniciarla, la desesperación, el episodio que no se puede justifica en el relato histórico. Una traición que todavía nos afecta es la del genocida Paco Franco a la República y esa traición convertida en victoria y en cuarenta años de represión y muerte, que es hoy motivo que preside la identificación de las dos marcas que se disputan la hegemonía del la radicalidad extrema de los herederos de aquellos que tanto robaron y corrompieron a generaciones que todavía no pueden huir del estigma de un nacional catolicismo que revive con más auge que nunca.

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«Basoez hitz egiten dute, baina basoa suntsitzen dute landaketa sartzeko»
