El riesgo de la tentación
ANetanyahu le corroe la tentación de aprovechar lo que considera una ventaja estratégica clave para intentar dar el golpe de gracia a Hizbulah.
La milicia-Partido de Dios ha sufrido un duro revés con la criminal puesta en fuera de juego de sus comunicaciones internas y con la muerte de decenas de combatientes -los mutilados y ciegos se cifran en centenares- al explotarles los buscas y walkie talkies.
Los atentados contra sus altos dirigentes son una constante desde comienzos de año pero se han acentuado en los últimos días. Israel ha logrado descabezar de forma importante a la milicia matando a los sucesivos lugartenientes de su líder, el jeque Hasssan Nasrala, y a los comandantes de sus fuerzas de misiles y de drones, además de al alto mando de sus fuerzas de élite terrestres (Radwan).
El primer ministro israelí tiene ante sí la responsabilidad de extender el infierno de Gaza a toda la región, un incendio que, a tenor de las constantes provocaciones a Irán y Líbano, trata de propagar desde hace meses.
Netanyahu, apuntalado últimamente en las encuestas por la guerra tras la debacle de su popularidad por el 7-O, es consciente de que la paz, siquiera frágil, le abocaría a un futuro político y personal como poco incierto.
Israel amenaza con una invasión. Asegura que su objetivo sería expulsar a Hizbulah del sur del río Litani para impedir que ataque el norte de Israel y los ocupados Altos del Golán y devolver a casa a sus 60.000 evacuados.
Pero una cosa es eso y otra entrar en Líbano. El Ejército israelí no ha olvidado sus vergonzosas retiradas de los años 2000 y sobre todo de 2006, tras sufrir grandes bajas por las emboscadas de la guerrilla.
Y es consciente de que Hizbulah es probablemente el grupo armado no estatal más potente del mundo. Además de que es un Estado dentro de un Estado, el libanés, fallido.
Y de que, por muy pocas ganas que tenga su padrino de embarcarse en una guerra, Irán no abandonará nunca su «joya de la corona».
Netanyahu lo sabe. ¿Está dispuesto a asumir el riesgo?

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