La película más salvaje, cruda y delirante del año

Si a Kubrick le encargaran dirigir un capítulo de la serie “Black Mirror” junto a Cronenberg o Aronofsky el resultado, probablemente, sería algo muy similar a “La Sustancia”. Se intuyen guiños a los citados directores, pero hay algo que muy probablemente ellos no reflejarían: una visión femenina y algo feminista.
El personaje que interpreta Demi Moore se somete a un enigmático proceso de clonación -algo casero-, para crear “una versión mejorada” de sí misma. A partir de ahí todo se convierte en un festín visual y sonoro brutal. Margaret Qualley y sobre todo Moore hacen un trabajo sorprendente, impecable; realizan un intenso duelo en el que lo dan todo.
Coralie Fargeat combina elementos del body horror y la ciencia ficción y los utiliza para hacer una crítica incisiva a la obsesión con la perfección física y la presión social para cumplir con estándares de belleza inalcanzables, explorando cómo esto afecta la identidad y la autonomía personal.
Las herramientas formales que utiliza Fargeat para hacernos llegar ese mensaje son tremendamente llamativas: la puesta en escena es espectacular. La película sobresale por su cinematografía deslumbrante y su diseño visual y sonoro meticuloso. Cada encuadre, cada juego de luces y sombras, está pensado para crear una atmósfera densa y perturbadora que te mantiene al borde de la incomodidad, mientras te seduce con su estética única. Especialmente llamativa la utilización del ojo de pez y del sonido -atronador-.
Hay un momento en el que narrativamente empieza a virar sobre el mismo concepto una y otra vez dejando una sensación de que no se sabe muy bien dónde y sobre todo cómo aterrizará; pero ese aterrizaje llega y de qué manera, con un tercer acto muy salvaje, visceral, crudo, delirante y gore que genera risas y gritos a partes iguales.

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