EDITORIALA

Toda escalada abre la puerta a peores escenarios

El presidente estadounidense, Joe Biden, ha autorizado a Ucrania a emplear sus armas de largo alcance contra Rusia, algo que, a falta de dos meses para entregar el mando, ha sido interpretado como un gesto para paliar la supuesta connivencia de su sucesor, Donald Trump, con la Rusia de Vladimir Putin. Todos parecen dar por hecho que el nuevo presidente reducirá la ayuda a Ucrania, obligándola a negociar en desventaja. Frente a este escenario, el paso de Biden posibilitaría al país atacado lanzar una ofensiva y negociar desde una mejor posición.

Este razonamiento presenta algunas fisuras y esconde un peligro evidente. Para empezar, está basado en hipótesis sobre lo que va a hacer Trump, cuya gran baza ante el mundo es su imprevisibilidad. No parece el mejor punto de partida. Las evidencias empíricas también plantean dudas. Por ejemplo, fue el republicano el que en 2018 retiró a EEUU del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio. También fue quien en 2019 vendió a los ucranianos los misiles antitanque que su predecesor, Barack Obama, no quiso entregar. Fue Trump el que impuso sanciones contra la construcción del gasoducto Nord Stream 2, las cuales fueron retiradas después por Biden. Solo las retomó el día antes de la invasión de Ucrania. La retórica de Trump no siempre coincide con sus actos.

Las especulaciones geopolíticas a menudo esconden las consecuencias materiales de una decisión de estas características. Lo único seguro que hace el paso de Biden es llevar la guerra en Ucrania un peldaño más arriba. Escala el conflicto y aleja la expectativa de una paz negociada. También la aleja, por supuesto, la intransigencia de una Rusia que, con menos ruido, se ha concentrado en inutilizar infraestructuras civiles como las plantas de generación eléctrica, creando las condiciones para un invierno muy duro. Si de verdad se cree en que la solución no puede ser sino negociada, el diálogo es obligatorio. El canciller alemán, Olaf Scholz, ya casi de despedida, ha dado un paso esperanzador al llamar a Putin. La reacción crítica de la mayoría de sus homólogos europeos, por contra, muestra lo lejos que está la UE de ese camino.