MAITANE ALDANONDO GABILONDO

Diez años trenzando redes y tejiendo ausencias, puntada a puntada

Madejas contra la violencia sexista es una iniciativa que una docena de mujeres de Astigarraga puso en marcha en 2014 de cara al 25-N para visibilizar esa violencia a través de una pieza textil con la que ocupar el espacio público y concienciar. Pero se convirtió en mucho más.

Imágenes de la pieza textil que empezó como una bufanda y que ya ha rebasado los 8,5 kilómetros de longitud, y de la celebración del décimo aniversario de la iniciativa, el pasado 19 de octubre en Astigarraga.
Imágenes de la pieza textil que empezó como una bufanda y que ya ha rebasado los 8,5 kilómetros de longitud, y de la celebración del décimo aniversario de la iniciativa, el pasado 19 de octubre en Astigarraga. (GARA)

Un colorido tapiz con cientos de metros de lana que han ido uniendo a lo largo de una década es la parte más visible de lo que Madejas contra la violencia sexista ha logrado. Esa simbólica bufanda convertida en gran lazo es el resultado de las redes de mujeres que el proyecto ha contribuido a crear, convirtiendo el tejer en un espacio de empoderamiento y sororidad.

Isabel Otero Glorie es una de las promotoras de Madejas. En 2014 era la concejala de Igualdad y Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Astigarraga, cargo al que llegó tres años antes de forma inesperada y en el que tuvo que poner en marcha un departamento que no existía. También proyectos como la Escuela de la experiencia, para «envejecer sabiendo», en la que se juntaron una docena de mujeres. Formaron un grupo para tejer, y a fin de darle continuidad cuando Otero dejara el cargo, crearon Harituz, la Escuela de Igualdad de Mujeres y Hombres de Astigarraga, «porque alguno había».

De cara al 25 de noviembre, la concejalía quería hacer algo especial para visibilizar la lucha contra la violencia de género de una manera distinta. En colaboración con Harituz y Haurralde Fundazioa, pensaron en una bufanda para proteger a las mujeres víctimas. Empezaron en febrero e hicieron un llamamiento a través de las redes sociales para que enviaran tejidos de cualquier color y técnica, pero con 30 centímetros de ancho para poder unirlo. Todas las semanas les llegaban dos o tres paquetes de todo el mundo y lograron 1.500 metros, con los que adornaron el ayuntamiento y la plaza. «Fue espectacular», recuerda Otero.

Ése debía ser el final, pero resultó ser el inicio del viaje. El proyecto de reforma de la ley del aborto generó un movimiento de rechazo que convocó una gran movilización en Madrid. Otero no podía acudir, pero mostró su apoyo al grupo de mujeres asturianas que convocó el Tren de la libertad, y la respuesta que recibió fue que «si Madejas no puede ir al Tren, el Tren irá a Madejas». El 22 de noviembre llegaron a Astigarraga 45 mujeres asturianas con «una rueda inmensa» de tejido, y una de ellas le convenció de que tanto trabajo no podía ser para un único día, que debían seguir y «moverlo».

«ARTIVISTAS» TEXTILES

La bufanda pasó a ser un lazo colectivo para honrar la memoria de las mujeres muertas y con la colaboración tanto de particulares como de más de 350 asociaciones de todo el mundo ha rebasado los 8,5 kilómetros de longitud. Siguen sumando, pero ya no lo traen a Astigarraga, se queda en el lugar. Otero destaca que gracias a que «es distinto, colorido», han logrado llegar a colectivos de todo tipo: centros de mayores, de personas con diversidad funcional, ikastolas, empresas, ayuntamientos… Visibiliza la violencia contra las mujeres, pero es también «sororidad y unión»; porque tejer es sólo la manera de llegar, detrás va el mensaje feminista.

En 2018 crearon las jornadas Encuentro de Pensamiento Feminista, en las que cada octubre abordan una violencia hacia las mujeres. Reúnen a una 200 personas tanto de manera presencial como virtual y en ese contexto entregan el Premio Madejas Feministas.

El mes pasado celebraron el décimo aniversario de Madejas con la presencia física o virtual de mujeres de muchos lugares y una exposición de arte textil. En palabras de la responsable son «artivistas» -de la unión de arte y activismo-. «Hay gente que teje por muchas razones, para visibilizar la paz, las líneas rojas para el clima, el cáncer de mama…». Una de las obras, Flower Power de Prudence Mapstone, seguirá expuesta hasta el 8 de marzo. Se trata de un tejido de ganchillo elaborado por unas 250 mujeres de 26 países que representa el movimiento hippie por la paz. Hasta la misma fecha llegará también la campaña “Tu puntada tiene un hilo”, con la que ya han recogido más de 460 fotos de sus tejidos en distintas partes del mundo.

En estos años han publicado dos libros y el documental Hilos de sororidad con el objetivo de preservar la memoria. «La gente que viene detrás tienen que saber qué hemos hecho, cómo lo hemos hecho y por qué. Para que el futuro sepa lo que ha sido y lo que es», apunta Otero.

Con la creación de la Casa de las Mujeres de Astigarraga, Harituz desapareció y en 2022 crearon una asociación para mantener el proyecto. Otero es la única que queda y advierte que sin relevo Madejas no podrá seguir. Lamenta no ser profeta en su tierra, «ya que fuera somos espectaculares».



«Nunca pensamos que fuera a llegar a los diez años»

Isabel Otero Glorie (Bruselas, 1960) es la presidenta de la Asociación Madejas contra la violencia sexista, una iniciativa que ha cumplido una década visibilizando la violencia contra las mujeres y fomentando su empoderamiento.

¿Esperaba que la iniciativa Madejas llegara hasta aquí?

Para nada. Yo pensaba que aquel 25 de noviembre acababa, pero fue Blanca la que me dijo que hiciera que viajara, porque iba a funcionar. Y así fue. En ningún momento pensamos que fuera a llegar a los diez años y tampoco a tantos lugares del mundo. Hacer que la gente aprenda a pronunciar Astigarraga fue muy potente (risas).

¿Qué aportación cree que han hecho?

A nivel de violencia de género, sólo visibilizar; su aportación es sobre todo en el empoderamiento de la mujer. El cambio de muchas mujeres de cierta edad que les daba pavor la palabra feminista, que se han dado cuenta de que luchan por la igualdad y ahora dicen que lo son. En Andalucía una mujer me contó que le decía a su marido que iba a tejer donde la vecina, pero realmente iba a la Casa de la Mujer... Nos damos cuenta de que unidas somos más fuertes. Si por detrás hay una persona profesional que les ayuda y hace pasar el mensaje feminista, ya está. Con cuatro personas que se empoderan en un pueblo, ya has sembrado. Eso es el proyecto en sí: sembrar. Cuando nos vamos tienen que seguir regando para que surjan las cosas, y en ese sentido, creo que hemos hecho mucho.

Respecto a la violencia de género, ¿ha cambiado la situación en esta década?

Poca cosa. Se ponen en tela de juicio cosas como el aborto por las que han luchado nuestras abuelas, madres o nosotras mismas. Deberían estar superadas, pero damos un paso adelante y tres atrás. El covid nos ha hecho ir marcha atrás, vivir encerrada con tu maltratador es lo peor que puede existir. Hay que cambiar tantas cosas, pero es tan complicado… Se politiza mucho. Es una pena. Sobre todo, las feministas, en lugar de estar unidas… Creo que se podrían hacer muchísimas cosas.

¿Dónde se debería incidir?

La educación es primordial. Empezar a trabajar las nuevas masculinidades desde muy pequeños y educar sobre la pornografía, que la vean, pero que se les explique. Que haya educación sexual en las ikastolas y trabajarla en los gaztelekus, dando mucha importancia a los roles y al respeto hacia la pareja. También seguir luchando por los derechos de la mujer. Matar a una mujer es super-fácil y no cuesta nada. Al que mató a Nagore Laffage, seis años de cárcel y ya está. No pasa nada. Es tremendo.