Raimundo FITERO
DE REOJO

No soy yo

Ese que veo en el espejo no me recuerda a mí. Juraría que no soy yo. Entonces, ¿quién es ese tipo que se ha apoderado de mi espacio, que contesta los mensajes, que abre y cierra aplicaciones y a veces descansa en mi propio lecho? Eso me gustaría saberlo de manera indubitable. Cada anuncio de una empresa dedicada a asegurar el pago de los alquileres, cada dimisión forzada de un político en traje chaqueta, cada foto de un desorden natural o de una salvajada bélica que se amontona en mi servicio de mensajería inocua, me hace dudar de todo, de mi estancia todavía en la Tierra o mi obsesión por juntar letras, hacer frases, poner comas, puntos y tildes y creer que todavía soy yo. No soy yo. No puedo certificar mi autenticidad.

Con el arroz pasado, el tiempo perdido y la zozobra ganada, hay que mirar a las marcas secretas que dejan los repartidores de agua embotellada por si acaso nos revelan algún camino hacia la esencia de la naturaleza del miedo. De niño, los reyes magos junto a unos calcetines, me ingresaban cien pesetas que se apuntaban con plumilla en un asiento de una cartilla de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Hoy se llama Caixabank y bajo su neón están enterradas todas las esperanzas de mis familiares durante décadas y sus cajas de ahorro locales, con la CAN a la cabeza. Y hasta mi seguro privado de salud. Me queda otra mentira, Kutxabank. Y otra más cercana en el tiempo, Banc de Sabadell, mañana una muesca en la agenda del BBVA. Se debe entender como una resistencia a modo de un tic extraño mi cuenta en la Laboral. Por mis tarjetas de crédito me reconoceréis.