La vida y tal
En estas fechas una parte de nuestra cabeza se dedica a las estadísticas secretas y oscuras. La nostalgia se alimenta de aquellos langostinos que embadurnamos de alioli de marca blanca. Es imposible cumplir años y no tener muescas en la memoria de seres a los que mantenemos en ese rincón de nuestra contabilidad vivencial concentrada en los recuerdos. Debe ser eso que llamamos la vida y tal. Porque no hay muchas variaciones para escapar de estos días y estas sensaciones, aunque siempre podemos eliminar de nuestra vivencia cotidiana la melancolía, pero el cardo rojo de Corella acaba certificando nuestra pertenencia a una familia, un tiempo, unos ritos, una gastronomía desarrollada en unas mesas camperas donde se acumulaban la tradición y las modas. Nos hacemos haciendo; vivimos viviendo.
Pertenecemos a una sociedad que está formada por numerosas capas, circunstancias, incentivos, impulsos, represiones menores y nadie quiere en estas fechas asumir su realidad en extensión sideral. Nos reducimos a lo que podemos abarcar. Y si de repente en un programa de televisión sucede un momento de gran entidad, lo debemos celebrar. La cantante de Iruñea Amaia Romero hizo en “La Revuelta” un regalo televisivo a Broncano, a su audiencia y a la idea de convertir el invento en un traje perfecto para la música. E hicieron un plano secuencia de ella cantando, desde el escenario hasta subirse en una furgoneta en la calle, acompañada por trece músicos, veinticuatro coristas y cuarenta extras más un dispositivo técnico singular. Magnífico. Queda de poso algo muy sencillo: la vida y tal.

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