EDITORIALA

Una subordinación que sufre la decadencia en la que se ha instalado Alemania por sus errores

La noticia de que la dirección de BSH pretende cerrar la fábrica de electrodomésticos de Eskirotz en un plazo de seis meses ha provocado un shock en la sociedad navarra y en sus instituciones. Son 655 puestos de trabajo directos y muchos más indirectos, una barbaridad. Con un volumen de despidos así, si se consuma el cierre, el efecto alcanzará a toda la comarca y la crisis a todo tipo de empresas. Conscientes de lo que supone un cierre de estas características en un territorio como Nafarroa, ayer miles de personas se manifestaron en Iruñea en defensa de los trabajadores y trabajadoras y contra la decisión de la multinacional alemana.

La de Eskirotz es una planta productiva y rentable, que forma parte de una multinacional que tiene importantes ganancias. Es cierto que es parte de un sector muy complicado y competitivo, tal y como demuestra el precedente de Fagor Electrodomésticos.

Sin embargo, cuando desde BSH en su misiva a la plantilla aducen que la factoría «no es competitiva», lo que están diciendo es que tienen otras plantas en las que pueden producir a menor coste. Que el Gobierno de Nafarroa se haya enterado a la vez que los y las trabajadoras indica hasta qué punto estas corporaciones no meten en sus cálculos de coste-beneficio ningún elemento de impacto o de justicia social.

UN MODELO QUE SIEMPRE HA SIDO DISCUTIBLE

Aunque eclipsada por la dimensión de Volkswagen y Landaben, BSH es parte central de las empresas alemanas que a finales del siglo pasado, con un fuerte apoyo de las instituciones navarras -y todo tipo de prebendas-, compraron empresas industriales en proceso de reconversión, las reflotaron y lograron grandes beneficios.

El sistema político, la concertación sindical y el capital humano de las empresas posibilitaron un caso de cierto éxito. Claro que en el capitalismo, más aún en su desarrollo neoliberal, el concepto «éxito» siempre va asociado a algún tipo de sufrimiento humano. No cabe olvidar que en sus orígenes estas empresas deslocalizaron plantas, en ese caso alemanas, y se beneficiaron de poder fabricar con calidad a costes más reducidos en tierras vascas.

Por supuesto, comparado con la precariedad con la que se ha desarrollado la terciarización de la economía en este mismo periodo, y con un sector primario que en su versión industrial es insostenible por su afección ecológica y en su versión tradicional es inviable porque lo asfixian, la industria genera mayor riqueza y los salarios también son mejores. Durante mucho tiempo eso ha empujado a tapar todo tipo de vergüenzas y problemas.

Cuando el resto de países era deficiente produciendo y tecnológicamente limitado, la bandera alemana suponía una fortaleza. Pero la subordinación europea ha devenido en debilidad externa y en decadencia interna. Alemania es responsable y víctima de las políticas suicidas que ha promovido en favor de sus grandes corporaciones. Su estancamiento actual responde a sus recurrentes decisiones erróneas.

Por su subordinación, Iruñea vive réplicas a escala de todo lo que sucede en Berlín. Un 73% de las exportaciones navarras son a la Unión Europea y cerca de un 40% del total de ventas al exterior son del sector de la automoción. Pero no es solo Nafarroa. En territorios tan pequeños y dependientes como los vascos, los monocultivos industriales, tanto de productos como de propietarios, provocan un mercado dependiente, poca innovación y un valor añadido limitado, escasa capacidad tecnológica y un modelo general muy asociado a costes y rentas.

Es momento de recordar que la soberanía es un indicador socioeconómico vital para las comunidades. También lo son la lucha por la justicia social y la solidaridad, y de ambas necesitará la plantilla de BSH.