Deslumbrante, pero algo superficial

Desde el primer fotograma, es evidente que Sorrentino ha vuelto a apostar por su fortaleza principal: la belleza. La dirección de fotografía es una obra de arte en sí misma, capturando cada rincón de Nápoles con un esplendor casi etéreo. La música, como en trabajos anteriores del director, complementa de manera exquisita cada escena, envolviendo al espectador en una atmósfera de melancolía y belleza.
La protagonista, interpretada por Celeste Dalla Porta y Stefania Sandrelli en distintas etapas de su vida, es retratada con un lujo estilístico que evoca a las modelos de alta costura. No es casualidad que Saint Laurent, productora de la película, parezca haber influido en la concepción visual de las escenas, que a menudo se asemejan más a una serie de anuncios publicitarios que a un desarrollo cinematográfico profundo.
El problema principal de “Parthenope” radica en su narrativa. Las preocupaciones temáticas del director no se renuevan: una vez más, la belleza femenina y la ciudad de Nápoles se convierten en protagonistas absolutas, pero esta vez con menos profundidad emocional que en otras de sus obras.
Hay momentos brillantes que muestran el talento del director para crear imágenes icónicas y atmósferas envolventes, pero estos se ven interrumpidos por escenas largas y repetitivas que aportan poco a la trama. Este vaivén hace que las más de dos horas de duración se sientan excesivas.
Es una película que impresiona a la vista, pero que deja al corazón y a la mente queriendo más. Sorrentino, en su búsqueda de la perfección estética, parece haber olvidado que el cine también necesita alma.

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