La gota fascista
Es una gota incesante que cae de manera sistemática en todos los actos, gestos, ceremonias, comunicados, telediarios y portadas de medio de comunicación. Horada de manera invisible todos los muros y corazas que parecían hacer de la democracia postfranquista algo perpetuo, seguro, blindado para la eternidad. Pero llevamos recibiendo demasiados mensajes que nos deberían poner en alerta absoluta. Porque, entre otras cosas, esa monarquía parlamentaria estaba amparada, avalada, protegida por la Unión Europea, no solamente en lo económico, sino, sobre todo, en los principios democráticos que la fundamentaron después de la segunda guerra mundial.
Eso se está resquebrajando de manera acelerada. No es solamente un movimiento pendular europeo, sino que parece fruto de una estrategia internacionalista global que afecta a muchos de los países que entran en procesos electorales y que acaban empoderando a opciones de extrema derecha camufladas y en los últimos tiempos, abiertamente identificadas. Hoy podemos poner a Austria como ejemplo. Pero la lista viene de atrás y seguirá de manera interminable.
Esta gota fascista se manifiesta en un cabalgata, una réplica parlamentaria, una actitud sospechosamente tolerante de un ministerio con sus uniformados manifestándose con signos franquistas y violentos, en titulares de prensa, en las tertulias plagadas de seres innegablemente reaccionarios y propensos a la hipérbole que propicia la actitud fascistoide irracional y de manera asfixiante en la jerarquía eclesiástica. Alerta máxima y acciones.

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