Todo nace en una idea previa
Todo proceso creativo en cualquier rama de las artes escénicas empieza por una idea previa. Puede venir de un suspiro, un olor, un poema, la lista de la compra, una sinfonía, un manifiesto sindical o, si me apuran, incluso de un texto dramático o de un ballet del siglo diecinueve. Pero hay que iniciar un camino desde esa inspiración primigenia que, al principio, por lo general, no tiene forma y es en la incorporación de otros de los variados elementos que intervienen donde se irá fundamentando lo que al final podrá ser presenciado por los públicos. Y hasta ese momento no es, en puridad, nada más que un proyecto. Cuando se confronta con la otra parte esencial se convierte en un hecho teatral.
La idea previa se toma como lo más importante y conforma de manera significativa el resto. Lo que es innegable es que existe y cotiza. Los derechos de autoría se basan, de manera habitual, en este arranque, aunque todos reconocemos que hay obras en las que la dirección o la interpretación son lo fundamental, más allá de esa idea previa. Las evidencias del conocimiento neurológico nos indican que cada espectadora recibe la obra de una manera particular y singular, por lo que esa idea previa acaba en una idea finalista diferente en cada cabeza.

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