La puesta en escena
Obvio. Está claro desde hace mucho tiempo, pero de repente salta tan a la vista que impele a volver a visitar lo obvio. Lo que llamamos política internacional es una suerte de ópera barroca con muchos actos, microescenarios, partituras entrelazadas y puestas en escena que acaban convirtiéndose en el mensaje principal. Es más, en las escuelas de diplomacia hay más clases de audiovisuales que de derecho internacional. Eso que para distraer a la plebe se llama protocolo es un juego clasista para ir marcando todos los terrenos.
En Múnich se han reunido muchos uniformes, ministras, portavoces, delegados para hablar en silencio de lo que nadie dice nada en voz alta: la seguridad, que es una suerte de misterio de las siete cabezas, ya que parece más un asunto de comerciales que de diplomáticos o estrategas. Los militares no filosofan, son pragmáticos, deciden siempre a favor de la eficacia que en términos físicos es destrucción y muerte del otro de la manera más concisa y rápida y sin pérdidas propias. Para lograr esto existen planes de investigación regados con caudales importantes de dinero.
Pues, dicho lo cual, las diversas puestas en escena de cada microrrelato han sido muy poco homologables. Sin embargo, en Gaza, o eso se supone, la entrega de tres rehenes israelíes ha cumplido a la perfección con todos los ritos, simbologías y significantes de una puesta en escena majestuosa. Es fascinante ver a los militantes de Hamás con uniformes perfectamente limpios y planchados y con unos fusiles de última generación. Parece irreal.

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