ikurriñas «españolas», pintas contadas y «sir Alex» Imanol
Aunque tres veces en doce años puedan llegar a ser demasiado para cualquiera, pasar por Old Trafford siempre es una experiencia inolvidable en un doble sentido: en Manchester en general se funden la tradición con tintes más añejos, el sabor a fútbol puro, y la modernidad más estimulante, por dónde van las cosas.

Manchester bien podía ser la antítesis de Donostia. No busquen aquí un «marco incomparable», una postal tipo La Concha (de hecho, no busquen una postal). Tampoco un mar bravo, a lo sumo unos canales poco transitables y muy descuidados. Menos aún pintxos, ni alcohol a precios asequibles. Los sintéticos partes meteorológicos engañan por igual, pero a la inversa: en Manchester pintan sol cuando solo sale diez minutos al día.
La ciudad es fea siempre, pero nunca anodina. Manchester junta a metros de distancia lo más ancestral y lo absolutamente innovador: un Motel Picadilly sacado de un cuento de Dickens sobrevive de modo inverosímil a tres metros de un rascacielos de Deansgate, la catedral con su bar dentro (cosas veredes) se roza con el ultramoderno Museo del Fútbol…
Así es también este United actual: Brunos y Casemiros que suenan a prehistoria junto a Garnachos y Hojlunds muy veloces, pero que a menudo no saben adónde van. Old Trafford es parte de esa simbiosis: el banquillo de ladrillo rojo, omnipresente en esta orgullosa primera ciudad industrial del mundo, se fusiona con la fachada acristalada que seguro le parecería un despilfarro a Matt Busby.
Las calles de barrios como Northern Quartern o Chinatown están casi desiertas durante el día. En Manchester se trabaja, queda claro, y luego se va al fútbol, tampoco hay mucho más que hacer. Que una ciudad del tamaño de Bilbo albergue dos equipos de la dimensión de United y City lo dice todo.
A Old Trafford y el Etihad se puede ir a pie desde el centro sin que cueste mucho más que llegar de Gros a Anoeta. Con todo, desde Shambles Square, la única plaza que podamos considerar un «alde zaharra» al uso, donde se reunió la hinchada de la Real seis horas antes del partido, se dispusieron unidades de Metrolink gratis para que la afición se desplazara a Old Trafford.
FACILIDADES DE ACCESO
Las facilidades para llegar al campo eran evidentes, algo que marcaba una diferencia de entrada con lo que suele ocurrir en Euskal Herria. Tenía truco: los dispositivos de control y seguridad estaban mucho más avanzados, no se basaban en amenazar y reprimir sino en acompañar y prevenir.
En las entradas a los pubs había abundante seguridad. Mientras no hubiera problemas, los porteros, o los «steward» de Old Trafford, o incluso los policías, no tenían reparo en bromear con Txurdin, hacer fotos a las cuadrillas que se lo pedían o hasta sumarse a las coreografías de la hinchada.
Dentro de Old Trafford se sirven cervezas, hermosas de tamaño. Sí, con alcohol. También «hot dogs», hamburguesas, alitas de pollo… La única restricción es que cada persona pida en barra un máximo de dos birras. El precio no es diferente al de los pubs, unas cinco libras/seis euros por cerveza. Antes, en las calles, la imposibilidad de entrar a los bares con menores, aplicada a rajatabla, hacía que muchas familias restringieran el consumo obligadamente.
Todo esto hacía que realmente el consumo de alcohol fuera posible, pero siempre en cotas inducidamente moderadas, tanto para los «away fans» como para los hinchas locales. La estrategia funcionaba.
BANDERAS
Los hooligans de hoy se delataban solo por algunas provocaciones puntuales, casi infantiles. Desde la grada de detrás de la portería cercana al córner de los aficionados txuriurdines, un joven del United se empeñaba en mostrar la bandera española, que dejaba claro que había llevado solo para provocar. El gesto enturbió algo el resto del partido, puesto que desde esta «grada Zabaleta» montada en Old Trafford se mandaba al United «a Segunda», algo tan improbable como directamente absurdo, o se animaba al Liverpool. Todo muy prescindible, pero casi inevitable cuando la eliminatoria estaba sellada con un 5-2.
Mejor contestar con la ikurriña en alto, como hacían otros pocos. En Manchester no parecía un símbolo muy conocido. Un grupo de realzales mantenía una conversación de lo más surrealista a la entrada, donde se les intentaba requisar la enseña vasca porque «no se pueden meter al campo banderas internacionales». Cuando se replicaba que no tiene nada de internacional, que es la propia, la del Basque Country, al segurata le costaba entender que no se porte la española, ni falta que hace.
A «sir Alex» se le rinde pleitesía aún en cada partido. Pancartas en la grada que llevan su nombre recuerdan que estuvo 26 años en el banquillo. Aseguran que al escocés «lo ama cada uno de nosotros».
Imanol lleva 7 años en sus dos fases, pero en los cánticos de cariño se percibía que para muchos debería ser el Ferguson de la Real.

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