Estatua de la Libertad
Hay proposiciones políticas que producen un descarga incontrolada de cortisol. No se sabe si hay que reírse o profundizar en la entidad simbólica de la misma. Dice un diputado francés que deben solicitar formalmente que se devuelva la Estatua de la Libertad, y esgrime tal compendio de argumentaciones, que parece lo más lógico debido a la deriva que está llevando este caótico desgobierno autoritario de Donald Trump y su corte de nuevos ricos.
Uno de los conceptos más deteriorado, una de las palabras más prostituidas en los últimos tiempos es, precisamente, libertad. En su evocación entran todos los injertos retrógrados, neoliberales, censores y antilibertarios más recalcitrantes. Hagamos memoria, porque la indefinible Isabel Díaz Ayuso y sus ventrílocuos introdujeron su idea de libertad en la última campaña electoral y no hay nadie más liberticida que su Gobierno, al igual que su compinche Javier Milei, que está mostrando en Argentina su alineamiento con la extrema derecha internacional más extravagante, tiene sumido a su país en el fango social y económico y se define como libertario, con una propiciación cultural y política rozando lo penal.
La reclamación de la donación francesa de esa magnificente estatua que es enseña de Nueva York y de USA está bien traída al debate. La contestación interna en los EEUU existe, pero está totalmente silenciada, hay censura para decirlo de manera simple. ¿Quiénes apoyarían esa petición dentro y fuera de Francia? Se debe entender esta propuesta como el inicio de una campaña de defensa de la Libertad.

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