Carlos GIL ZAMORA
Analista cultural

Redundancia

Insisto. Persisto. En términos generales, los públicos de las artes escénicas son bastante conformistas. Diría que hasta sumisos. Tanto en las programaciones ofrecidas desde los teatros públicos, como en los privados, aunque fuera de las grandes capitales, se cofunden ambas ofertas. Donde yo acudo con regularidad, la actitud es bastante sorpresiva debido a la euforia con la que se reciben las obras, sean del formato y la calidad que sean. En los estrenos es algo habitual por el cúmulo de invitaciones, pero en días normales, sucede algo muy parecido.

Mi memoria fragmentaria me lleva a tiempos inmediatos del post confinamiento de la pandemia, con plateas restringidas y una serie de medidas muy estrictas. Se agradecía a los elencos de manera sincera el esfuerzo. Desde entonces se ha quedado esa actitud que no se regula, que no se corresponde con lo vivido y sentido en relación directa con lo exhibido en los escenarios. Con excepciones. Y para confundirse todavía más, es la ópera donde se dan escándalos, broncas, división de opiniones sonoras. En el Liceu se ha armado una con el estreno de “Lohengrin”, con dirección de la biznieta de Wagner, Katharina. Su apuesta rompedora ha provocado el caos, los silbidos y broncas frente a los aplausos y vítores. ¿Dos mundos?

En cualquier caso, es algo saludable que los públicos se expresen in situ. Eso quiere decir que están vivos, que no están pintados, que no dicen amén a todo. Hay que reflexionar.