Regular los desperdicios
Establecer de manera obligatoria que, en los restaurantes, supermercados y otros lugares no se puede desperdiciar ni un gramo de alimentos comestibles, llega como una suerte de alucinación, algo así como otro signo de la decadencia en la que hemos entrado, del absurdo de nuestras vidas consumistas. Llevarte las sobras de la cena de empresa no será mal visto, ni siquiera una primera cena de contacto romántico se verá matizada por pedir que te pongan los restos sin tener que decir que es para tu perro. Es más, te tienen que facilitar la manera de llevártelo, o sea, más plástico para salvar el mundo de los excesos y derroches.
Los supermercados y otras tiendas que venden perecederos producen toneladas de desperdicios que pueden servir para alimentar, sin problemas sanitarios, a muchas personas necesitadas. ¿Se implementarán todas las medidas legisladas de manera inmediata o tendremos, como siempre, unas protestas orquestadas desde la reacción? Ya se quejan algunos. Recuerdo que el tener agua del grifo a disposición de los clientes levantó una marea de protestas en la restauración alegando que debían cobrar el servicio, las jarras, los vasos y solicitaban cargar esos incrementos al cliente, cosa que pasará igual con las sobras y sus envoltorios.
Vivimos en un mundo muy bipolar, pero con muchos subgéneros. Usamos la electricidad, aunque la paguemos, como si fuera algo que nos llega de manera graciosa, de forma obsesiva y dependiente. Un incendio en una subestación eléctrica ha paralizado Heathrow, el aeropuerto más grande de Europa en Londres. No aprendemos.

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