Raimundo FITERO
DE REOJO

Epidemia de soledad

Miguel Hernández escribió para un cantaor de flamenco: «Soledad, que solo estoy, tan solo y en tu compaña, de ti vengo y a ti voy, en una jaca castaña». La soledad es un estado del alma, una situación contable frente a Hacienda, un abismo que se abre entre la realidad social y el momento político como una referencia psicológica de estadísticas consumistas.

Una sociedad médica de relativo prestigio advierte en un informe bien argumentado que en ciertos lugares del planeta se está detectando una epidemia de soledad. ¿Es contagiosa la soledad? Suspiro lentamente, recalifico mis sensaciones y me enfrento al impacto de lo sibilino, ¿a qué llamamos exactamente soledad? Es más, ¿es peor la soledad buscada o la soledad sobrevenida por renuncia, muerte o desamor? Y algo que cuesta desentrañar a quienes hemos atravesado por dos siglos, ¿afecta más a la primera juventud, los años de madurez o en el tramo descendiente de la vejez, o no importa y puede afectar a todas las edades y capas sociales sin prioridades detectadas?

Los aranceles deberían operar como manto contra soledad. Una manera de estar en el mundo comprendiendo que hay que socializarse de una manera activa, que la atomización de nuestras propias vidas en todos sus factores forma parte del problema social que nos va aislando, de manera constante, encerrados en las cuatro pantallas imprescindibles para existir que nos hurtan cualquier noción de autosuficiencia, aumentando la dependencia hasta límites insoportables. Y no parece que se esté investigando en ningún lugar para encontrar una vacuna eficaz.