Pello GUERRA
IRUÑEA

La caída de la luz reactiva el tic de las compras compulsivas del covid

Aunque solo fue cuestión de unas horas en comparación con el covid, el apagón del lunes reactivó el tic de las compras compulsivas de la pandemia, aunque con matices, ya que el papel higiénico quedó relegado a un segundo plano frente al agua, la fruta, las conservas y los embutidos, con las pilas, las velas, las linternas y los hornillos entre lo más demandado.

Estanterías vacías en un supermercado de Iruñea, ayer por la mañana.
Estanterías vacías en un supermercado de Iruñea, ayer por la mañana. (Iñigo URIZ | FOKU)

Aunque variando el tipo de productos más buscados en las estanterías, el apagón del pasado lunes reactivó el tic de las compras compulsivas que emergió con fuerza durante la pandemia del covid. Fue cuestión de horas, frente a los meses de confinamiento que provocó el covid, pero el instinto de supervivencia afloró de nuevo y tal vez con más intensidad a causa de esa traumática experiencia previa.

Así que cuando se produjo el apagón y con el paso del tiempo quedó en evidencia que iba para largo, el personal reaccionó dirigiéndose a las tiendas en busca de abastecimiento con el que afrontar la falta de fluido eléctrico.

A ese aluvión tuvo que hacer frente detrás del mostrador Eneko Campos, que cuenta con una frutería y un pequeño supermercado en Iruñea. Desde ese privilegiado puesto fue escuchando cómo las personas que entraban a comprar iban elevando la apuesta de hasta dónde había llegado el apagón, con gente que aseguraba que «se había caído la luz en toda Europa, que había pasado lo mismo en Marruecos e incluso en Argentina».

HASTA EL PAN SIN SAL

Mientras el corte de fluido eléctrico parecía extender sus tentáculos a nivel mundial, su alargada sombra llegaba a las estanterías de sus comercios con compras masivas, principalmente de «alimentos que no había que cocinar, como es el caso de las lechugas o las escarolas. Y las frutas volaban, ya que me quedé sin plátanos, sin melón, sin fresas, sin aguacates... La gente compraba como si no hubiera un mañana». Eso sí, había que «pesar todo a mano y recurrimos a unos pesos de cocina para poder hacerlo».

Pero estos no eran los únicos objetivos de los compradores, ya que algo parecido ocurría con «el embutido, las conservas y el pan, que se vendía como para una semana y del que no quedó nada, incluso se acabó el integral o el pan sin sal».

También vendió bastantes huevos, «aunque me sorprendió, porque, en principio, no iban a poder prepararlos».

Para poder acompañar a todos esos alimentos, también se disparó la compra de agua y de leche, algo que había sucedido durante la pandemia, aunque en esta ocasión el papel higiénico no se convirtió en un producto especialmente codiciado, a diferencia de los tiempos del covid. Las que sí cotizaban alto eran las pilas, que «se acabaron todas».

Campos también destaca que, frente a lo que ocurrió durante la época de la pandemia, «la gente entraba en la tienda a saco, ya que no había restricciones ni el miedo a contagiarse de entonces». Aunque algunos clientes se encontraron con un problema imprevisto, el pago en efectivo, ya que no contaban con dinero contante y sonante.

En esos casos, «si se trataba de un cliente conocido, le dejaba para que pagara al día siguiente, pero si era un desconocido, resultaba más complicado».

En este terreno, quedaron patentes los usos y costumbres de las diferentes generaciones, con «la gente mayor que sí tenía billetes a mano, mientras que la joven andaba loca, porque no está acostumbrada y no tenía efectivo para poder pagar».

El regreso de la luz hacia las 15.00 horas le ayudó en esa engorrosa tarea, aunque la vuelta del fluido eléctrico no supuso que decayeran las ventas, ya que «la tarde fue igual de intensa que la mañana».

En cambio, una vez recuperada la luz, se estaba haciendo a la idea de que ayer tocaba «incluso un día de ventas por debajo de la media, porque la gente se comerá el pan seco. Aunque todo dependerá de que no tiemble la bombilla», concluía con humor.

PESAR PIEZA A PIEZA

Una situación parecida vivieron durante el apagón Jessica Guambuguete y Carla Portilla en sus respectivos establecimientos de Alde Zaharra de Iruñea. En el primer caso, dejaron de vender fruta y verdura, ya que «no podíamos pesarlas», mientras que Portilla consiguió un peso «con el que poder pesar manzana a manzana» y así servir a los clientes que se congregaban en su comercio.

Conservas, pan, embutido envasado, agua y pilas también fueron los productos estrella, con estas últimas ganando posiciones en el ranking después de que «una señora comentó en la fila de espera que era importante tenerlas y los que le escucharon se decidieron a comprar», recuerda Guambuguete.

VELAS, CARBÓN Y HORNILLOS

En el comercio de Portilla, además, se dispararon las ventas de «velas de todas las formas y el carbón mineral para hacer barbacoas», mientras recurría a una calculadora y «a mis compañeros para que miraran los precios para comprobar cuánto valen las cosas y así poder cobrar a los clientes».

Esa operación de cobrar la fueron salvando como pudieron, aunque Guambuguete señala que «un pan no le voy a negar a nadie en esa situación. Hubo clientes que no tenían efectivo, aunque habían intentado obtenerlo en el banco y no lo habían conseguido. Rebuscando en los bolsillos conseguían sacar alguna moneda, pero si no les llegaba, les daba el pan».

Eran algunos de esos momentos de solidaridad que fueron emergiendo en una situación anómala y que también provocó otras compras diferentes, como la de linternas o la de hornillos, que en algunos comercios llegaron a agotarse en menos de una hora. En este terreno, se vivió un momento de regreso de los viejos envases de gas, ya que, como pudo comprobar Campos, «por la calle se veía a gente que pasaba con bombonas de butano».

Todo con tal de adaptarse a una situación excepcional por unas horas y que, probablemente, hará que en más de un hogar se cuente a partir de ahora con ese «kit de supervivencia» que recientemente recomendó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.