«Los fusilamientos castigaron la fuerza del FRAP en el franquismo»
El periodista Roger Mateos investiga el caso de Xosé Baena. Asegura que pudo comprobar su inocencia y la presencia «de una cuarta persona» sin identificar en el atentado que se le imputó. Y también recalca la potencia, «ninguneada» por los historiadores, del FRAP en los años 70.

Comenta que todos los fusilamientos de 1975 fueron hechos horribles pero que el caso de Baena fue particular. ¿Por qué?
Me llamó la atención lo que me explicó la hermana de Baena, Flor, que contó las últimas palabras que su hermano le dijo a su padre antes de ser fusilado. Su padre viajó de Vigo a Madrid la última madrugada antes de que lo fusilaran. Llegó a primerísima hora a la cárcel de Carabanchel antes de que se llevaran a su hijo a fusilarlo, acompañado del hijo mayor, Fernando. Su padre le dice a Xosé: «Para mí no hay nada peor que maten a mi propio hijo, pero sería más doloroso si tú no mataste al policía porque eso significaría que además están matando a un inocente». Y Baena le contestó: «Lo siento, papá, pero no puedo darte este consuelo, no lo maté yo». Este ha sido mi trabajo, volcarme en acumular pruebas y evidencias de la inocencia de Baena para demostrar que no fue quien dicen que fue; es decir, el autor material del primer atentado mortal del FRAP.
Muchas y muchos jóvenes no conocen nada del FRAP. ¿Qué fue y qué significó en el franquismo?
El FRAP es una de las fuerzas antifranquistas más infravaloradas a nivel historiográfico. Si bien es verdad que después de los fusilamientos la organización estaba hecha trizas a nivel organizativo, quedó mermada por las detenciones en cadena y la desarticulación y pasó a ser una fuerza irrelevante durante la Transición, no fue así en la primera mitad de los 70, cuando llegó a ser una fuerza muy visible en la calle, hiperactiva. Atrajo a muchos jóvenes republicanos, a la oposición más combativa, y llegó a tener un volumen de militancia muy considerable sobre todo en Madrid, València y Catalunya. Quiero matizar: lejos del volumen de militantes del PCE de Santiago Carrillo, pero mucho más relevante de lo que la historiografía suele recoger. El pico de militancia fue en 1973, y aunque es difícil hablar de números, se contaban por miles, entre 3.000 y 4.000 es una estimación posible. Eran organizaciones en la órbita del PCE (m-l), que creó el FRAP como marca política republicana para aglutinar a más sectores populares antifranquistas mas allá del propio partido.
¿Se podría decir que fueron clave en el parto democrático y por ello se explica el escarmiento con los fusilamientos en juicios-farsa?
Sí, fueron clave justo antes de ese parto. Los actos armados los llevó a cabo con muchísima precipitación, sin la infraestructura necesaria para aguantar un choque de trenes con la dictadura. La organización acabó siendo vapuleada por la represión de Franco. Esa represión redujo drásticamente la capacidad política del frente. Y sí, los fusilamientos pueden ser interpretados como un castigo al crecimiento del FRAP porque el régimen temía que si triunfaban en su desafío podía ser una fuerza realmente temible, porque era de alcance estatal y con aspiración no de independencia de un territorio sino que quería barrer a las élites españolas e instaurar una república española comunista.
¿Cree que el FRAP ha sido ninguneado entre los historiadores después de la Transición?
Sí, creo que se debe al estigma del terrorismo. A una parte del antifranquismo le incomoda reivindicar la lucha del FRAP porque implicó muertes. Solo se circunscribieron a esos meses del verano, pero esa actividad armada para una parte del antifranquismo desautoriza al FRAP. Incluso Carrillo en ese verano se manifestó públicamente en contra del “terrorismo individual” del FRAP, e incluso insinuó que detrás de la estrategia terrorista podía haber alguien de las cloacas del Estado franquista dirigiéndola, porque interpretaba que esos atentados favorecían a los sectores más ultras y torpedeaban los intentos de la oposición moderada. Pero mi tesis es que en la cúpula del PCE (m-l) y del FRAP no había infiltrados; lo que sí hubo fue una toma de decisiones errónea que acabó en catástrofe porque la organización no estaba preparada para aguantar un pulso con la dictadura.
El libro menciona la lectura sesgada de la realidad que tenía la cúpula del FRAP, incluso le pronosticaba un pronto cese a ETA, cuya actividad luego se prolongó muchos años más.
El FRAP intentó colaborar con ETA, porque interpretaban que era una organización que estaba luchando de tú a tú contra la dictadura y le tenían cierto respeto, por jugarse la piel en el campo de batalla. Pero desaprobaban su estrategia terrorista, consideraban que llevaba a cabo atentados indiscriminados y el FRAP no era partidario de colocaciones de bombas. Aun así, intentó colaborar y buscó puentes, se llegaron a celebrar reuniones discretas en el exilio. Y la propia cúpula de ETA desconfiaba del FRAP por ser una fuerza española.

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