Puros, champán y la nueva «pax americana» de Donald Trump
Partiendo de algo tan elemental como el derecho de los palestinos a decidir su destino, cuesta entender la ovación global ante el binomio Trump-Netanyahu. Puede que el plan de Gaza marque el inicio de un alto el fuego sostenido, pero lo que consagra es una política exterior errática y personalista, donde los hombres fuertes sustituyen a la diplomacia y los pueblos tienen poco que decir.

En 2016, un magnate extravagante y ya candidato, Donald Trump, subía a una tarima en Washington para anunciar su doctrina de política exterior. Una idea destacó sobre el resto: «Nosotros, como nación, debemos ser imprevisibles». Ya en la Casa Blanca, convirtió esa consigna en política de Estado. Para muchos analistas, fue el principio del fin del «siglo americano», nacido con la entrada vacilante de EEUU en la Primera Guerra Mundial y la construcción de un orden liberal basado en reglas -favorables a Washington-. Con el trasfondo del declive de la hegemonía estadounidense, Trump impulsó un aislacionismo de nuevo cuño, envuelto en la consigna que redefinió el ideario republicano y galvanizó a su base MAGA: America First.
Sin embargo, durante su primer mandato, Trump aún convivía con contrapesos. Su equipo incluía a figuras del establishment como John Bolton -hoy su acérrimo enemigo-, y su margen de acción estaba limitado por el Congreso, el Pentágono o incluso los tribunales. En su segundo mandato, el aprendizaje ha sido rápido: Trump controla ambas Cámaras, el Tribunal Supremo y un aparato político dominado por fieles del movimiento MAGA, como Stephen Miller.
Como suele ocurrir en el segundo periodo presidencial, el republicano ha centrado su mirada en la política exterior, ámbito donde aspira a construir su legado. Él mismo ha llegado a recalcar que sus esfuerzos bien merecerían un Nobel de la Paz, para lo que se ha presentado como mediador global. El término aislacionista resulta ya engañoso; su diplomacia es intervencionista, transaccional y centrada en redes personales, donde el vasallaje juega un papel determinante.
ESA LÓGICA HA ENCONTRADO AHORA SU ESCENARIO EN GAZA.
El lunes, Trump se dio su propio homenaje. Primero se presentó ante la Knesset, donde habló del «triunfo histórico» de [Benjamin] Netanyahu y pidió al presidente [Isaac] Herzog que indultara al primer ministro por su causa de corrupción, trivializando los puros y el champán del sumario que persigue a Bibi. Después voló a Sharm el-Sheij para sellar «la era dorada de Oriente Medio» en una cumbre tan extravagante que rozó el besamanos, con la inexplicable presencia del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y la relegación a un segundo plano del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, en un encuentro que se suponía centrado en el futuro palestino.
Más allá del espectáculo, el plan de Trump ha redefinido el tablero. Le ha permitido reducir la presión sobre EEUU por su complicidad con Israel, consolidar sus vínculos económicos con los gobiernos suníes y mantener vivos los Acuerdos de Abraham.
Netanyahu, perseguido por la Corte Penal Internacional, ha encontrado en Trump un salvavidas. Ambos comparten la convicción de que el Eje de la Resistencia atraviesa su peor momento en décadas. El lunes, el primer ministro insistió en la máxima que Trump pronunció tras bombardear con sus B-2 las instalaciones nucleares iraníes: «Paz a través de la fuerza».
El exnegociador israelí Daniel Levy ha explicado el pacto con precisión: el plan no es un proceso orientado a resolver el conflicto, sino un andamiaje que exige «confianza en Israel y EEUU», sin plazos verificables ni garantías de cumplimiento. La ‘desradicalización’ recae exclusivamente sobre la parte palestina, mientras los autores del genocidio quedan exentos de toda exigencia. Tras resistir casi dos años en una Gaza devastada y ver caer a sus principales respaldos regionales, Hamas ha tenido que aceptar una tregua tan frágil como la palabra de quienes han ideado sus términos.
De hecho, durante las negociaciones en Doha, un bombardeo israelí estuvo a punto de romper el diálogo. Bastó una disculpa al emir de Catar para restablecer la confianza. Así funciona el orden actual: la diplomacia reducida a un circuito telefónico entre quienes se reconocen por su poder, no por su legitimidad.
Lo que emerge es un nuevo reparto global en esferas de influencia, donde potencias rivales delimitan zonas de control, marginan a los actores intermedios y se reparten recursos. Con Oriente Medio encauzado según sus propios términos y Ucrania en un impasse, Trump reactiva la Doctrina Monroe bajo el eslogan decimonónico de “América para los americanos” -donde América abarca todo el continente, pero americanos se traduce únicamente como estadounidenses-. En esa lógica, ha reforzado la presencia naval en el Caribe y vuelve a apuntar a Venezuela.
Su política exterior, sin embargo, sigue marcada por impulsos erráticos y tensiones internas: mientras castiga en términos arancelarios a aliados históricos, los halcones de su entorno le empujan hacia una estrategia más definida frente a China. Trump, por su parte, insiste en la eficacia de un encuentro con Xi Jinping.

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