Saber construir, saber dejar sin demoler
Seguramente debería escribir sobre cómo el Congreso se convirtió en púlpito contra el derecho a decidir o sobre la violencia contra las mujeres, que se incrementa en eventos tan viriles como el mundial de fútbol masculino. Pero como ya hay muchas compañeras escribiendo sobre ello, he decidido comenzar el verano con algo más ligero y reflexionar sobre la importancia de saber terminar una relación. Algo tan importante como saber construirla. En ambos casos no hemos aprendido porque no solemos reflexionar ni sobre los buenos tratos, ni sobre el final de las relaciones, seguramente porque seguimos confiando en la eternidad de las mismas o en que nosotras y nosotros sabremos hacerlo bien. Pese a la realidad, pasmosa, de que la mayoría de las relaciones afectivo-sexuales no suelen ser tan longevas en el tiempo como nos han contado o, tal vez, sí que el aspecto afectivo lo puede ser, pero no el componente sexual. Creo que muchas parejas, pasado el tiempo, son más amigas y amigos que amantes y muchas amantes se pueden quedar como amigas y amigos en nuestra vida. Para que ello ocurra se tienen que dar varios factores. El obvio es que no haya habido violencia, pero hay más ingredientes.
Saber cuándo y cómo terminar no es fácil. Solemos alargar el final y, además, no siempre coinciden las dos personas en el mismo tiempo/espacio con la misma determinación, deseos y expectativas, lo que suele producir un dolor desigual y supone un gran escollo para ese final sin dinamita. Además, cuando el desamor o la infelicidad de la frustración se transforma en daño innecesario, este lo mata todo. Y eso hace mucho más dolorosa una ruptura y suele dejar dañada la autoestima de las personas. También es importante cuidar el momento, ser honesta y no generar expectativas de continuidad iniciando nuevos proyectos cuando ya has decidido que no quieres continuar en la relación.
Las estrategias para no aferrarse a relaciones afectivas que ya han perdurado más del tiempo necesario pasan por poder confesarte a ti misma lo que estás viviendo, sin matices, sin justificación, con un relato que te enfrenta, no al otro, sino a ti misma. Para no entrar en bucles que te anclen al dolor de la despedida, es vital compartir este proceso que, en ocasiones, comienza con dudas antes de la ruptura. Hablar con las amigas te permite desnudarte, sin disfraz, poder poner en palabras hechos y sensaciones que adquieren otro significado cuando las pronuncias delante de otra persona. Engañarte en el monólogo interno es sencillo, tan fácil que puede llevarte a normalizar, incluso, las formas de manipulación evidentes cuando estás fuera, pero invisibles cuando las estás viviendo. Por eso es tan importante compartir con las amigas para no perder la dignidad ni lo que tú eres. Así que no es de extrañar que esto, el separarte de tu entorno afectivo, sea uno de los primeros signos de control en las relaciones abusivas. Conversar con amigas siempre es un regalo para volver a ti, aunque, a veces, con intención de cuidarnos nos ofrezcan frases que no nos ayudan a transitar bien los duelos, como:
«No era la persona», como si hubiera alguien destinada y cual Santo Grial tuviéramos que buscarla para descansar hasta el resto de los días. Con dicha frase, de alguna manera, se nos niega el tiempo que vivimos, que nos ilusionamos con la persona fuese el tiempo que fuese. Porque fue mientras duró la relación.
«Es porque está por llegar alguien mejor». En el fondo, parte de la misma lógica que la anterior, y nos siguen trasladando la idea de que hay un ser especial esperando al doblar la esquina, cuando tú lo que necesitas es digerir bien lo que te ha ocurrido y no salir corriendo a la búsqueda de ese «ser de luz».
«No te merecía», frase que, queriendo ensalzarnos y dejarnos la autoestima lo menos tocada posible, puede ubicarnos en un pedestal que nos impida vernos en la responsabilidad de una relación deseada y compartida, pero quizás no con los mismos mimbres. Sin coincidencia en el tipo de relación no hay base sobre la que crear.
«Esa persona vino para enseñarte algo». Por supuesto que de toda experiencia de vida podemos extraer un aprendizaje. Es un elemento central, inclusive, de la biología humana, el aprendizaje, pero hay vivencias que nos hubiera gustado no tener. El daño innecesario es una de las cuestiones más importantes de esos aprendizajes no necesarios. De hecho, trabajamos para que las futuras generaciones no tengan relaciones abusivas, no tengan nada que aprender de ese tipo de relación. Y para ello es fundamental que dispongan de las claves para despatriarcalizar el amor y no lo vivan a través de los mandatos de romántica subordinación y/o de dominación cruel presente en las relaciones patriarcales.
Una de las cosas que más se nos repite es que hay que aprender a poner límites y es curioso porque no se trata tanto de ponerlos a la otra persona, sino de haber trabajado cuáles son tus banderas rojas. Establecer contigo misma cuáles son las líneas rojas, aquellos límites que si se traspasaran ya no habría vuelta atrás, te romperías. Por tanto, el límite es algo propio y un elemento que en lo relacional requiere de acuerdo para ser respetado.
En el cribado para construir una relación adulta de respeto tendríamos que saber qué entendemos cada quien por buen trato. No dar nada por sentado. Y la siguiente cuestión, para afianzar un posible final sin destrucción sería conocer cómo maneja la otra persona la frustración. Un elemento básico del aprendizaje infantil y que resulta mucho más complicado de desarrollar posteriormente. Cuando la frustración no se maneja bien suelen aparecer la soberbia y la arrogancia, que nos pueden llevar a decir lo primero que se nos ocurre en una situación de enfado o de berrinche, como si fuéramos el monarca que exige que le corten la cabeza a cualquiera que se oponga a nuestros deseos, aunque los mismos impliquen, inevitablemente, a otras personas. Hay pocos deseos que se materialicen sin incluir o excluir a otras. Conocer el deseo propio es, también, valorar el impacto del mismo en las otras.

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