Mikel INSAUSTI
CRíTICA: «Los juegos del hambre: En llamas»

La mitología clásica y su encaje en el futurismo distópico

De todas las franquicias fantástico-románticas para el público adolescente «Los juegos del hambre» es la campeona y, hoy por hoy, no tiene rival. Si la comparamos, por ejemplo, con «Percy Jackson y los Dioses del Olimpo», comprobaremos que la conexión que el escritor Rick Riordan establece entre la mitología griega y la creación de universos paralelos es puro fuego de artificio, y así son de pirotécnicas las películas resultantes. Muy por el contrario, los libros de Suzanne Collins permiten un perfecto encaje entre los mitos clásicos y el futurismo distópico, captado definitivamente por Francis Larence en esta segunda entrega de cara a una resolución que se promete grandiosa y memorable.

Toda la obra está vertebrada por la dinámica de los Juegos Olímpicos y una proyección hacia el futuro de la trascendencia social que este tipo de competiciones universales alcanzan. Pero no se trata de unas pruebas deportivas cualesquiera, sino de la representación mortífera del mito de Teseo y el Minotauro, lo que confiere a las letales elimiantorias una dimensión laberíntica tan enigmática como apasionante. Y en la ecuación el legado de Roma tiene tanto peso como el de la Antigua Grecia, desde el momento en que a lo que queda de lo que fue Norteamérica se le rebatuiza con el nombre de Panem. Es el concepto asociado al circo romano, al espectáculo que ahora ha devenido en «cine y palomitas». Por eso lo que más impresiona de «En llamas» es el desfile de las cuádrigas, que nos retrotraen al Hollywood de la era del peplum monumental y de «Ben-Hur».

Estoy convencido de que «En llamas» hubiera hecho las delicias de Stanley Kubrick, por la imaginativa que desprende en su amalgama arquitectónica y decorativa de todas las épocas. Tal riqueza museística va asociada al poder, a las clases privilegiadas, descritas en su decadente peligrosidad. El vestuario y el maquillaje que luce Stanley Tucci lo resume genialmente, según una caricatura antológica que quedará ahí para siempre.