Mikel INSAUSTI
CRÍTICO CINEMATOGRÁFICO
CRíTICA: «Mucho ruido y pocas nueces»

El peso de los siglos no puede con Shakespeare

Han pasado veinte años ya desde que Kenneth Branagh trasladó a la pantalla «Much Ado About Nothing», y de esa película apenas me queda el recuerdo de la luminosidad del paisaje siciliano. Quiere esto decir que las adaptaciones se van olvidando, pero no la obra original, que sobrevive a cualquier versión moderna que se quiera hacer. Es como el poder inalterable de la tortilla de patatas frente a los experimentos y deconstrucciones de los nuevos cocinitas. Joss Whedon triunfa en su propuesta, porque no pretende cambiar nada, a sabiendas de que al texto de Shakespeare no se le puede quitar ni una coma.

Como director que es, Joss Whedon respeta al guionista y dramaturgo secular, limitándose a trabajar la escenificación, con la diferencia de que no hace una función sobre las tablas como antaño, sino en un set de rodaje. Consciente de que su influencia artística empieza y acaba en el factor puramente ambiental, plantea el reto de utilizar su propia residencia en Santa Monica a modo de decorado extraído del natural. La realización resultante adquiere así un aire rompedor de película casera, sin perder de vista la fidelidad textual al verdadero autor.

Y esa luz de Mesina desaparece del todo, sustituida por una ascética fotografía en blanco y negro, con fundidos inmaculados. Es una manera de dejar claro que el verbo shakespeariano se puede declamar incluso a través de sombras chinescas, pues tal es su sonoridad ajena al peso del tiempo. Digo peso y no paso, debido a que «Much Ado About Nothing» es un triunfo de la ligereza, cuando las palabras bailan en una fiesta para los oídos embriagados.

El máximo acierto de Joss Whedon consiste, precisamente, en captar el tono festivo de la pieza. Para ello la sitúa en medio del típico party en una mansión con jardines y piscina, donde las camareras sirven cocktails en copas de Martini. El vestuario es también el de una gala de noche, en la que no cabe la carnavalada, por lo que los disfraces se limitan a una elegante máscara y poco más, dado que los equívocos verbales hacen el resto.