Heroína
La muerte del reconocido actor Philip Seymour Hoffman por una sobredosis de heroína ha convulsionado a las conciencias de artistas, periodistas, estadistas, columnistas y tertulianos varios. El asunto es que las noticias que se van cumulado no hacen otra cosa que provocar la inquietud por un resurgimiento del consumo de heroína, pero ya no con la estética vendida por reportajes, series, películas y demás coro de forjadores de tópicos del yonki acabado, incapaz de hablar con normalidad, entrevistado a la espera de la cunda compartida con otros pobres zombies para ir a comprar su micra en la Cañada Real , sino que en esta ocasión ha entrado por un apartamento de lujo en el corazón de Manhattan.
Un actor oscarizado, un buenísimo actor, con trabajo sin parar, con una carrera en alza, al parecer con una vida sentimental estable, que de repente, por las razones que sean vuelve al caballo, del que llevaba veintitrés año separado. Y en su casa le encuentran decenas de chutas, montones de bolsas de una heroína nueva, cortada con productos mucho más potentes que los hasta ahora conocidos y que según cuentan se está poniendo de moda y que parece ser ya ha dejado rastros de sobredosis en numerosas ocasiones. Un cuadro de la heroína totalmente diferente. Allá donde había farlopa aparece la heroína en nuevas formas, más barata y más complaciente.
Con cuarenta y seis años uno debe saber qué hace con su vida, con sus adicciones, con su soledad y su miedo. Lo que está claro es que las drogas existen y existirán siempre. Y ahora hay información suficiente y bien difundida para saber las consecuencias de su consumo. Pero son un negocio de unas dimensiones tentadoras. Se distribuyen con facilidad sospechosa y se consumen de manera extendida. Dicen que repunta en todos los lugares el consumo del caballo. Miren los mapas geoestratégicos y a lo mejor comprenden algo. Miren en sus calles, parques y esquinas de los callejones y quizás encuentren sombras. En la tele hemos visto lo que sucede con otro tipo de heroína que se consume en Rusia, llamada cocodrilo y que come la carne de sus usuarios. La carne, el alma, la angustia. La heroína lo come todo.

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