Amparo LASHERAS
Periodista
AZKEN PUNTUA

La culpabilidad nunca es abstracta

Después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida». Creo que lo escribió Benedetti en alguno de sus poemas. No estoy segura. La frase está ahí y despierta preguntas intensas, casi agotadoras, sobre la vida y la muerte. La muerte de Arkaitz Bellon, preso político, en la cárcel de Puerto II; la de los trece inmigrantes que esta semana fueron abatidos por la Guardia Civil en el mar de Ceuta o la del joven vasco, preso social, del que sólo se conocen sus iniciales, muerto en la prisión de Burgos, todas, traspasan los límites de una sencilla palabra con vocación filosófica. Son la consecuencia directa, el síntoma de un sistema, de una ideología y de unas políticas y leyes inhumanas que, por una u otra razón (importantes razones de estado casi siempre), no tienen en cuenta la vida y la justicia. La ley y los jueces que condenaron a Arkaitz a trece años por quemar un bien urbano, donde no hubo ni siquiera heridos, y los que han decidido y le han aplicado, hasta el último momento de su condena, la ley penitenciaria española, en su dureza y venganza más extrema, tienen nombre, apellido, siglas políticas y también responsabilidad y culpabilidad en su muerte. No se puede decir, así en abstracto, que el culpable es el sistema, la ley, instituciones penitenciarias, la dispersión. Los culpables son los que gestionan el sistema y sus normas; los que en esta «democracia» y desde sus atalayas de gobierno han tomado las decisiones políticas que han provocado la muerte de Arkaitz y de otros presos políticos, la de muchos reclusos e inmigrantes sin nombre. Y cuando se escriba el relato de tanto sufrimiento, habrá que decir que la identificación política de los culpables estuvo en el PP, PSOE y PNV.