Robert Redford está solo en «Cuando todo está perdido»
El segundo largometraje de J.C. Chandor es demasiado arriesgado para la industria de Hollywood, por lo que tiene de experimental dentro del puro cine contemplativo. La Academia se ha decantado a favor de «Gravity», que trata un tema similar, en las nominaciones a los Óscar.

La carrera hacia los Óscar de «Cuando todo está perdido» ha ido perdiendo fuelle, hasta acabar con una única nominación en la categoría técnica de Mejores Efectos Sonoros. A la altura de los Globos de Oro las cosas le iban todavía bien, ya que fue nominada a Mejor Actor (Robert Redford) y Mejor Banda Sonora (Alex Ebert).
El problema ha sido que la película de Alfonso Cuarón «Gravity», que también trata el tema de la supervivencia en solitario dentro de una situación límite, ha acaparado el mayor número de nominaciones. Y es que el planteamiento del mexicano no es tan radical como el de J.C. Chandor, que se ha atrevido en su segundo largometraje a experimentar con el cine contemplativo, algo impensable para los estándares de la industria de Hollywood.
La Ley de Murphy
«Si algo puede salir mal, saldrá mal». La ley de Murphy se cumple inexorablemente a lo largo de «Cuando todo está perdido», y para el estelar Robert Redford la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. Son los obstáculos o pruebas que el héroe solitario debe superar en su odisea marina, si bien la situación siempre es llevada al límite por J.C. Chandor, quien somete a su protagonista a la prueba de resistencia más dura que jamás se haya visto.
Todo se hace más difícil para el navegante y deportista de riesgo, por lo avanzado de su edad. La interpretación muda de Robert Redford no da muchas pistas sobre el personaje, pero evidencia que se trata de alguien muy preparado sicológicamente para enfrentarse a los peligros de una travesía oceánica en solitario.
En ningún momento se le oye verbalizar la frustración e impotencia provocados por tanto contratiempo, y en ese sentido resulta ser un marinero atípico, puesto que no se le escapa ningún juramento, salvo un puntual «¡maldición!», espetado después de sufrir mil y un desventuras y catástrofes.
El final es bastante ambiguo, sin dejar claro si su sacrificio obtiene recompensa o es en vano.

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