Ramon SOLA
UDATE | IRUÑEKO SANFERMINAK

Un Miura convierte la curva de Estafeta en película «gore» con final feliz

Hay imágenes que cualquiera desearía borrar de su cabeza, pero el (¿espectáculo? ¿tradición? ¿bestialidad?) encierro no deja esa opción. Una de ella sería, sin duda, la del joven australiano perseguido con saña por un Miura en una imagen inverosímil, desde Estafeta a Mercaderes, y truculenta por el realismo, puro manual de anatomía humana. La víctima, un hombre que volvió a nacer ayer en la curva de Estafeta, de la que salió con una pierna al aire, abierta en canal, ante la mirada de todo el mundo, por un toro llamado Olivito, pero con la femoral intacta y, por lo tanto, vivo para contarlo.

No hace falta ni apetece recrearse en los detalles de tres cornadas que ya han dado la vuelta al mundo. Pero sí de constatar que los toros bravos son bestias capaces de matar a una persona en pocos segundos, que es lo que hubiera ocurrido si el brutal pitonazo de Estafeta hubiera alcanzado una arteria. La cogida confirmó, además, algo que ya se sabe en Iruñea tras lo ocurrido con Stephen Townsend en 1984, Julen Madina en 2004, Pello Torreblanca en 2009 o Diego Miralles el pasado año en Estafeta: no hay secuencia más dantesca que un toro encelado con un humano y dispuesto a acabar con él sin atender a ningún otro estímulo.

Solo así se explica que Olivito se fuera tras el australiano con semejante saña, volviendo sobre sus pasos anteriores hasta cambiar de calle y engancharlo contra las tablas. Antes habían sido las primeras cornadas, contra la pared de la tienda de chucherías de la curva de Estafeta, a la que en su frenesí el burel hasta arrancó uno de los tablones que protegían el cristal.

Tuvo suerte el mozo, dentro de lo que cabe. Entre una voluntaria de la Cruz Roja y varios agentes municipales lograron sacarlo de los tablones, a media altura, y ponerlo a salvo. Lo siguiente fue colocar un torniquete en la pierna izquierda abierta desde la rodilla al muslo y comprobar que la hemorragia no era excesiva. Visto así, los voluntarios que lo atendieron quizás fueron los primeros en tranquilizarse, más que el resto de los que asistían por la tele a una imagen tremebunda.

No hay lugar seguro

Todo había comenzado con el golpetazo contra la curva de los últimos Miura. Olivito, 595 kilos, quedó aplastado por sus compañeros y, para cuando se incorporó, estos ya se habían marchado hacia adelante. Así que se quedó solo y confundido. Y embistió contra la pared contraria, siempre llena de corredores atrapados y curiosos que creen (al menos hasta hoy) que ese ángulo ciego constituye un lugar seguro.

Tras cebarse con el australiano y volver sobre sus pasos hacia Mercaderes, enderezó el rumbo y emprendió una temible carrera en solitario por Estafeta, casi 500 metros por delante, en la que se llevó por delante también a un joven de Burlata de 21 años que resistía colgado de una ventana, rezando para que el burel no le viera.

Pero Olivito le echó el ojo, y se enfrascó con él unos segundos interminables, tantos como con el corredor de la curva. El chaval aguantó el tipo sin dejarse caer pese a las tres cornadas, una en cada pierna y otra en el periné. Incluso salió a la carrera del envite.

Olivito todavía dejaría una tercera embestida, en este caso un mero puntazo a otro australiano de 24 años que ni siquiera lo advirtió en el primer momento y llegó por su pie al hospital horas después. Recibió el alta tras una cura.

No todo fueron desastres. Desde ahí hasta el final, los pastores y corredores estuvieron entre titánicos, heróicos por el valor derrochado, y sublimes por la pericia y el temple para dejar al toro la distancia que precisaba. Por su parte, Olivito, como si asumiera que ya había hecho suficiente escabechina metros atrás, caminó como un manso, a veces hacia adelante y a veces hacia atrás pero en todo momento bondadoso. Llegado ya a Telefónica, se produjo el momento que todo el mundo esperaba: llegaron los cabestros de cola que se sueltan un par de minutos después del resto de la manada y engancharon al Miura, que ya se fue adelante con ritmo cansino pero sin dar más sustos.

Los sustos llegaron desde el hospital. Si bien las primeras noticias sobre corneados fueron tranquilizadoras, corrió la voz de que había otro corredor en muy mala situación por un traumatismo craneal. Se trataba de un mozo de 33 años al que primero se identificó como vecino de Milagro (Nafarroa) y luego de Errenteria (Gipuzkoa). El caso es que tras ser calificado como herido «de pronóstico reservado», el golpe evolucionó bien y pasó a «leve», hasta el punto de recibir el alta por la mañana. Peor, pero solo «grave» y no «muy grave», están el corneado australiano y el burlatarra.

Partes médicos

A mediodía se aclaró la situación con los partes médicos posteriores a las correspondientes intervenciones quirúrgicas. El burlatarra E.G.E., de 21 años, recibió tres cornadas, una menor en el periné, otra de diez centímetros en el muslo derecho y una tercera de quince centímetros en el muslo izquierdo, todas ellas sin afectar a órganos vitales.

El otro herido grave es el joven australiano J.G., de 26 años, que padeció tres cornadas en tórax, abdomen y muslo izquierdo. Tras ser intervenido quirúrgicamente, quedó ingresado en planta de traumatología del Complejo Hospitalario de Nafarroa, sin que se esperen mayores complicaciones.

Fueron llevados al hospital también el citado joven de Errenteria, otros dos de Madrid y una chica riojana, todos ellos debido a golpes de menor importancia, por lo que volvieron a casa sin problemas.

En suma, una imagen y casi cinco minutos para no olvidar; los más duros de un ciclo de encierros que había destacado justo por lo contrario. Rompe la leyenda de la curva de Estafeta en la etapa post-antideslizante y también la de los Miura. Y hasta deja otra imagen insólita, porque Olivito les metió un viaje a las tablas en Mercaderes que casi saca el vallado de su sitio.