David GOTXICOA
UDATE | 38. Gasteizko Jazz jaialdia

¡Qué tiempo tan feliz!

Entre lo entrañable y lo caricaturesco, Paul Anka regala una noche de nostalgia y grandes éxitos atemporales. Bona, Di Battista, Legnini y Katché ofrecieron sin mayores riesgos un encuentro agradable y distendido.

En el actual escenario de recesión y recortes presupuestarios, no cabe duda de que cada vez es más complicado completar una programación que satisfaga al aficionado y al “gran público”. El IVA que grava la industria de la cultura estatal tampoco facilita el acceso a algunos artistas, cuya contratación cae del lado de otros promotores de países vecinos con modelos fiscales más livianos. Más difícil todavía, jaun andreok. Tampoco basta con reunir a un puñado de músicos sobresalientes sobre el escenario: para equilibrar los balances anuales de un festival de jazz es necesario llenar las gradas, y eso solo es posible echando mano de propuestas de un perfil más “popular”. En Vitoria-Gasteiz no gusta la extravagancia, y la pasión por esta música exótica es principalmente un producto de temporada. Las cosas como son.

Paul Anka era el gran reclamo mediático de esta edición, un conejo salido de la infalible chistera de la nostalgia. Apelar a la memoria de un público veterano con poder adquisitivo parecía una buena idea para asegurar una gran entrada, aunque faltaba por ver si el contenido musical podía estar a la altura… y si el aficionado más joven sería capaz de apreciar la invitación. El pequeño documental biográfico que se proyectó en la presentación sirvió más para poner en contexto a los despistados sobre lo que iban a ver que para glosar glorias pasadas del protagonista…

El veterano colaborador de Sinatra irrumpió como un púgil, abriéndose camino entre el público y dejando claro desde el principio de qué iba el asunto: “It’s a party!” (¡Es una fiesta!). Se disculpó por no estar en las mejores condiciones vocales, pero en ningún momento escatimó energía, cachondeo o sonrisas para insuflar vida a una colección de clásicos propios (“Put your head on my shoulder”, “Diana”, “My Way”), ajenos (“For once in my life”, “It’s a lady”), o requeteajenos (“Tears in Heaven”, de Eric Clapton, “Smells like teen spirit”, de Nirvana, “Jump”, de Van Halen…). Dicharachero y encantador, no paró de arengar al público y a su voluminosa orquesta, que –a falta de verdadero swing– ofrecióuna versión emotiva y edulcorada de las atracciones que ofrece en la actualidad ese maravilloso paraíso del kitsch llamado Las Vegas. Surrealista, genial, bizarro, caricaturesco. Raphael, Tom Jones, Silvio Berlusconi y El Fary. Grandes éxitos de ayer y de hoy.

Se entiende que aquellos que habían acudido seducidos por el reclamo de Richard Bona, Stefano Di Battista, Eric Legnini y Manu Katché habían abandonado el recinto hacía un buen rato. Parecía una tarea imposible conciliar dos galaxias paralelas en un doble cartel curioso cuando menos. En cualquier caso, nos quedamos con las ganas. El concierto del cuarteto amagó sin llegar a dar, con un aire de desenfadada improvisación no desprovisto de encanto: cuando se juntan cuatro músicos excepcionales que comparten un mismo lenguaje no cuesta trabajo elaborar un discurso fluido y convincente. A eso se entregaron durante gran parte de la primera mitad de la noche, compartiendo la autoría de los temas interpretados, aunque sin asumir mayores riesgos ni negar su habitual cuota de protagonismo al inefable Richard Bona. Ya le conocemos por estos pagos, y ayer ofreció un poco más de lo mismo, lo que nos privó de disfrutar más aún de ese extraordinario músico que es Stefano di Battista. Esperamos verle pronto liderando su propia aventura. A ver si hay suerte.