Beñat ZALDUA
Periodista
ANÁLISIS | Sacudida en la política catalana

El ocaso político del pujolismo y el proceso catalán

Acorralado por los casos de corrupción que persiguen a sus hijos y sabedor del arsenal que suponen dichos casos en manos de Madrid, el expresident Pujol decidió inmolarse y confesar que tuvo cuentas en el extranjero durante tres décadas, algo que más de uno ya sospechaba.

La cosa va de herencias. De la que recibió el expresident Jordi Pujol de parte de su padre en un banco andorrano, y de la que el propio Pujol y toda su familia dejan a Convergència Democràtica de Catalunya en el momento más delicado del país desde la transición. La inesperada confesión de que la familia mantuvo varias cuentas sin regularizar en el extranjero durante 34 años sacudió el viernes por la tarde la sociedad catalana, que vio atónita a Pujol saltar al vacío desde el pedestal que él mismo se había construido a lo largo de 23 años de gobierno.

Porque Pujol era mucho más que un político retirado, era el padre-fundador de la Catalunya moderna, el luchador antifranquista, el artífice de la recuperación del autogobierno y, en los últimos años, toda una autoridad moral para miles de catalanes. Todo se hizo añicos el viernes, cuando Pujol, con su propia tinta, dibujó un borrón irreversible en su currículum.

Hasta aquí la versión oficial, porque siendo más realistas y menos dramáticos, que los hijos del expresidente han hecho negocios durante toda su vida bajo el paraguas de su padre lo sabía o intuía Catalunya entera y parte del extranjero. La confirmación puede doler al que hasta ahora prefería una venda en los ojos, pero pocos podrán decir que les extraña la noticia. Desde el caso de Banca Catalana a mediados de los 80 hasta el de las ITV -en el que está implicado su hijo más político, Oriol Pujol-, muchos escándalos habían preparado el terreno para una confesión como la del viernes. No se equivocaban los «punks» catalanes de los 80 cuando gritaban «Que pagui Pujol».

Pero no por sospechada pierde importancia la confesión pública del expresident, de la que hay dos aspectos, entre otros muchos, a resaltar. Por un lado la excusa barata de que a lo largo y ancho de 34 años no encontró el momento para regularizar las cuentas. No hace falta reírse de la gente. La familia no regularizó las cuentas hasta hace unos días porque, simple y llanamente, no les había hecho ninguna falta hacerlo, ni habían sentido presión alguna. Toda una muestra de la impunidad con la que se han movido las clases dirigentes de este Estado.

Esto enlaza con el segundo aspecto a destacar, que es el momento en el que Pujol hace pública su confesión. Evidente- mente, no es casual. Desde el inicio del proceso soberanista se ha dicho que, pase lo pase al final, el país no será el mismo. La caída de Pujol de la galería de mitos catalanes es la muestra, ya que es bastante fácil pensar que el expresident nunca se hubiese visto obligado a confesar si Catalunya no se encontrase en el contexto político en el que se encuentra.

Porque sin el proceso catalán es difícil, por ejemplo, que el diario español «El Mundo» hubiese dinamitado la campaña electoral catalana de 2012 con un informe fantasma de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales (UDEF) sobre supuestas cuentas de Pujol y Mas en el extranjero. Un caso con muchas aristas que más tarde derivé en el «caso Camarga» -el del supuesto espionaje político-, y que ha perseguido durante los últimos meses al hijo mayor del expresident, sobre el que siguen apareciendo informaciones sobre millones de euros ingresados irregularmente en Andorra. La confesión de Pujol, por tanto, es una manera de salir al paso de las informaciones que siguen publicándose.

Limpia obligada. Que en Madrid cuentan con un arsenal de casos de corrupción, reales y ficticios, que implican a dirigentes políticos catalanes es algo que todo el mundo se imagina, más que nada porque la clase política catalana, como confirma la confesión del viernes, se lo ha dejado en bandeja. Es parte de una guerra sucia que hasta ahora se ha mantenido en muy baja intensidad pero que todos cuentan con que se active de cara al otoño. Después de años de barra libre, por lo tanto, resulta obligado limpiar la casa.

La secuencia de las dos semanas en las que el pujolismo ha decidido por fin apartarse ha sido la siguiente: mientras la familia regularizaba las cuentas en el extranjero a través de la amnistía fiscal del ministro español Cristóbal Montoro, Oriol Pujol anunciaba que dejaba definitivamente su escaño de diputado y su cargo de secretario general de CDC. Lo hizo con una lacónica frase que lo dice todo: «Me voy retirando para no entorpecer nada». Y finalmente el viernes, cuando CDC hizo efectivo el relevo de Oriol y puso al frente del partido a Josep Rull, el expresident decidió confesar.

Ahora será el propio Rull, junto al president, Artur Mas, el encargado de extirpar la herencia del pujolismo del partido y tratar de convencer a militantes y simpatizantes de que nunca más volverá a ocurrir. No será fácil, pero en ello va el futuro del partido a medio plazo. No se espera, sin embargo, un efecto inmediato sobre el proceso soberanista y la consulta del 9 de noviembre, aunque para todos aquellos -y son muchos- que en los últimos años han defendido una Catalunya independiente como paradigma de la modernidad, la democracia y la transparencia -frente a una España caduca, corrupta y caciquil-, la autocrítica debería ser obligada.