«El siete va delante, el doce le persigue...»

En el calendario festivo no puede faltar un clásico como la visita a las ferias. O a las barracas. O como quiera que les llame cada cual. En Donostia tenemos versión mini y versión maxi. La mini, la de los más pequeños, está ubicada en la trasera del Buen Pastor. Una pequeña noria, el ovni, el tren de la bruja con su escoba y con sus globos, camas elásticas y un par de carruseles.
Y los autos de choque de tamaño infantil. Merece la pena enfocar el catalejo en esta atracción, pero no en la pista. sino en la banda, donde los progenitores se convierten en una mezcla entre Mourinho y Briatore y no cesan de gesticular y dar instrucciones a sus aprendices de Vetell, Rosberg o Alonso. O de Ángela Vilariño. «Gira del todo el volante para ir hacia atrás», suelta uno. «Pisa el pedal», aconseja el otro. Y el crío que le mira con cara de póker pensando: «En estos coches no hay pedal. Si cuando cumpla 18 años me vas a dar tú las primeras clases voy apañado».
La versión maxi está en el Paseo Nuevo. Nada más subir las escaleras del Aquarium una se topa con el Zona Loop, un engendro mecánico surgido de la mente desquiciada de un sicópata con estudios de ingeniería. Este invento consiste en un brazo articulado con la gente en uno de sus extremos y gira sobre un eje, como un gimnasta en la barra fija. No sé si me explico.
El cacharro ofrece una doble sensación, ora te estampas contra Urgull, ora sales despedido hasta la isla. Apasionante. Y colas de masocas que pagan tres euracos y que al bajarse se palpan para comprobar si tienen todos los órganos en el mismo sitio que al subir. ¿Páncreas? Correcto. ¿Estómago? A la altura de la nuez. ¿Cerebro? Hecho polvo, si lo tuvieras bien no te habrías subido. El Zona Lo0p comparte pódium con el Skater en cuanto a derroche de adrenalina.
Un peldaño por debajo están habituales como la barca vikinga, la cárcel o el canguro. Al pie de todos ellos podemos observar personas-perchero, cabezas de familia que a falta de agallas pasan las horas sujetando bolsos, jerseys, riñoneras, chaquetas... Oiga, un respeto, que cumplen una función tan necesaria para el ecosistema festivo como la que realizan un hongo o un limaco en la naturaleza. Para que no se sientan ninguneados se han inventando atracciones como el bingo, la tómbola o las carreras de camellos.
«Ya está la rueda girando, y los corazones palpitando», canta una y otra vez el speaker de la tómbola Antojitos. «El siete va delante, el doce le persigue, el cuatro se rezaga», entona su cantinela el veterano de los beduinos locos. Son como las canciones de Camela, clásicos de una banda sonora sin las cuales las fiestas no serían lo mismo. Eso sí, hay que andar con ojo que a la que te descuides te has pulido el presupuesto y más.

Martxoaren 3ko biktimen aurka jo du Gasteizko gotzainak: «Tentsioa dago»

Los kurdos lo pierden todo contra Damasco

«Xeberri eta biok hiru kantaldi egun berean egitera iritsi ginen»

Israel exhibe su impunidad en los escombros de la Unrwa en Jerusalén
