17/08/2014

EDITORIALA
Las fiestas ejercen de tractor económico y transmiten valores

Uno de los grandes retos socioeconómicos que afronta Euskal Herria es desarrollar un modelo equilibrado entre sectores en el que, desde la agricultura hasta la industria pasando por los servicios, las actividades económicas estén enfocadas al servicio de la sociedad, de las personas que viven y trabajan aquí. En un esquema de no-dependencia, de autonomía, también lógicamente de independencia, es crucial no caer en el «monocultivo» y diversificar fuentes de trabajo y de riqueza. Eso implica articular un sistema que, desde la educación hasta la fiscalidad, desde las políticas de migración hasta las de exportaciones, genere sinergias, produzca y reparta riqueza y dibuje una marca del país positiva, asociada a valores y al desarrollo social.

La falta de soberanía es un elemento inhibidor de las potencialidades vascas, sin duda. Más allá de opciones políticas, la partición territorial, el negacionismo de los estados y el autosabotaje de algunas fuerzas vascas dificultan proyectar un país atractivo. Pero también es cierto que países con mayor soberanía no aciertan a diseñar una imagen de su país que sea capaz de atraer inversiones y personas, capitales económicos y humanos, ni siquiera miradas o un mínimo de interés. Sin renunciar a nada, tampoco cabe quedarse esperando a estadios en los que todo se solucionaría mágicamente, sencillamente porque esos escenarios no existen. En materia política y social nunca hay un «día D».

El caso escocés, por ejemplo, demuestra que la defensa de los derechos políticos y las libertades y la lucha por desarrollar una sociedad más justa y democrática van de la mano, se retroalimentan. El dinamismo social, político y cultural es también un valor económico de primer orden. Eso es lo que «venden» en Escocia los partidarios de la independencia: una nación mejor, una sociedad más justa, las potencialidades de un país libre.

Sector servicios y turismo, efecto tractor

Tras décadas en las que la terciarización de la sociedad se ha vendido como la panacea económica, la única vía posible de desarrollo, la garantía de empleo -malo, pero empleo-, la política más inteligente para las sociedades avanzadas... cada vez es más evidente que las sociedades con una política industrial potente son más resistentes a las crisis, más viables y sostenibles. En nuestro caso el varapalo de Fagor debería funcionar como piloto de alarma. Lo mismo cabe decir de unas políticas agroalimentarias que deberían priorizar la calidad y, cuando menos, garantizar la soberanía alimentaria.

Todo ello no quita para aspirar a desarrollar un tercer sector pujante, que ofrezca servicios de calidad y genere riqueza. En este terreno, durante las últimas décadas nuestro país se ha potenciado como destino turístico y sus capitales han ido terciarizándose de manera más o menos exitosa, también más o menos peligrosa. Junto a otras apuestas de ocio, las fiestas populares tienen un efecto tractor de ese turismo que busca algo distinto a la oferta habitual. Siempre y cuando no sea en clave de parque temático, una cultura original, potente y enfocada al futuro ofrece una base excepcional para esa oferta.

Hoy terminan las fiestas de Donostia y comienzan las de Bilbo, y tal y como relata Aritz Intxusta e ilustra Idoia Zabaleta en el reportaje que hoy publica GARA, en Iruñea los comercios y la hostelería aún explotan la resaca sanferminera. Todos los pueblos de Euskal Herria han disfrutado o esperan sus fiestas en estas fechas, un fenómeno social único en Europa por sus dimensiones, su carácter eminentemente popular y su variedad. Una experiencia auténtica que, según todos los datos, atrae a miles de personas de todo el mundo a los que les ofrece otra imagen del país, bastante alejada de los tópicos. Aun tratándose de fiestas, destaca el trabajo, en una gran parte voluntario, que hace posible estas fiestas populares. La oferta cultural y de ocio es apabullante. El volumen de dinero que se mueve también es un fenómeno reseñable.

Todo ello constituye un patrimonio que tanto la sociedad civil que protagoniza las fiestas como las instituciones que las promueven deben mimar, desarrollar y articular, también en clave socioeconómica. A menudo organismos sociales e instituciones han trabajado en este terreno de espaldas los unos a los otros, a veces incluso enfrentados. Salvaguardando la autonomía, este es uno de los ámbitos donde la colaboración entre lo privado, lo público y lo social puede cosechar mayores logros, cada cual según sus intereses pero en clave comunitaria. Frente a la cultura del pelotazo hay que buscar fórmulas sostenibles que generen verdadera riqueza, tanto material como inmaterial. Las fiestas son parte de la marca que debe proyectar el país de los vascos.

La solidaridad, bandera alzada

De entre los valores que como sociedad deberíamos proyectar, destaca el de la solidaridad. Los vascos y las vascas nos mostramos orgullosos de ser, en general, un país comprometido. Desde los ratios de donaciones de sangre u órganos hasta la presencia de ciudadanos vascos en diferentes misiones humanitarias y solidarias a lo largo y ancho del mundo, la solidaridad ha sido una bandera de esta sociedad. Y es significativo que esa solidaridad sea otro de los valores que más claramente se transmite en fiestas. Ayer mismo el Ayuntamiento de Donostia relanzó la campaña que, junto a la Diputación de Gipuzkoa, ha promovido para reunir 30.000 euros con los que comprar una maquina de anestesia para Gaza.

El conjunto de valores que guían las fiestas, como una expresión más de desarrollo social y cultural, tiene unas potencialidades que convendría explorar y explotar más. En clave social, política y, cómo no, económica.