Puntos
U na de las cuestiones de debate eterno quizás sea determinar desde qué punto se debe realizar la propuesta cultural, creativa o seriada, y dónde debe colocarse el receptor para completar esa necesaria simbiosis fructífera. No hablamos de un lugar físico, ni mental, ni intelectual ni metafísico, sino artístico. Que puede ser excepcional o de fusión. Un punto de inicio, de apoyo, de referencia. Y desde ahí sincerarse, ser único, incisivo o contemplativo, en busca o en recepción, pero siempre más allá de lo obvio.
Parecen cuestiones retóricas, simples de responder si se utilizan los catecismos más antiguos como herramientas de análisis, pero si se intenta colocarse a la altura de las circunstancias y atender a las voces menos conservadoras, renovando el espíritu con el que se afronta todo lo relativo a la cultura y las artes, entonces nos hallamos ante un dilema de una profundidad inusitada y de tantas aristas que ni siquiera un caleidoscopio ecuménico en lo estético sirve para calmar la angustia. Desde un punto en el infinito la distancia entre lo grotesco y lo esperpéntico es apenas un suspiro, pero de cerca con otro punto de referencia, encontramos desde el solapamiento de figuras, hasta el abordaje pirata de cualquier noción de tiempo y espacio. Por lo tanto, ni la distancia, ni la cercanía son ingredientes de suficiente importancia; lo mismo que el color es relativo, el volumen aleatorio, la intensidad dramática un recurso y el movimiento un complemento directo de un potencial efectismo cuestionado por la crítica obsesiva. Un punto. Dos puntos. Tres puntos. De sutura para las emociones. De suma y acumulación para la contabilidad.

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