28/09/2014

Unai ARANZADI
Periodista
Cuando Putin veraneó en Euskal Herria

Biarritz siempre ha atraído a personajes relevantes de la vida cultural rusa, desde músicos como Stravinsky hasta escritores como Nabokov o Chéjov, y aunque también sabemos de las innumerables estancias protagonizadas por miembros de la aristocracia y la nobleza, son muy pocos los casos conocidos de visitas privadas u oficiales realizadas por políticos de altos vuelos desde la Revolución de 1917 a esta parte.

El no muy divulgado caso de Putin y sus veranos en Biarritz, como casi todo en él, está rodeado de discreción y misterio. Lo poco que sabemos es, en gran medida, gracias a la prensa francesa que se hizo eco del gusto de Putin por las playas vascas a raíz de un encuentro que en julio de 1999 marcaría el devenir de nuestra era.

La historia comienza cuando Boris Berezovsky, uno de los oligarcas que hizo su enorme fortuna en la calamitosa etapa de liberalización corrupta liderada por Boris Yeltsin en los años noventa, buscaba un candidato relativamente honesto, pero a su parecer manejable, que pudiera gestionar cierto orden e imponer rectitud en un Kremlin salido de madre. A sus ojos, Putin, un hombre de acción inmerso en el ostracismo profesional tras la caída de un «telón de acero» que restó sentido a su trabajo como agente de inteligencia, parecía dar con el perfil ideal para el golpe de timón que un núcleo del Estado adicto a las privatizaciones tenía preparado tras darse cuenta de que sus privilegios corrían peligro si no facilitaban ellos mismos un títere que, tras la desastrosa Administración de Yeltsin, pasara por aparentar ser un nuevo y fiable jefe de Estado. «El funcionario de Leningrado», abogado, trilingüe, espía incorruptible, pero por encima de todo, patriota y no quemado por el mundo de las mafias, era visto como un sujeto solvente por su presunta grisura. Recién descendido de su jet privado, y con las lujosas paredes de una suite del Hôtel du Palais (muy diferentes a las del hotel familiar donde Putin pasaba las vacaciones con su entonces mujer e hijas) como únicos testigos, Berezovsky apeló a la madre Rusia para ganarse la fe y confianza del poco carismático director del FSB (acrónimo que adquirió el KGB tras la caída de la Unión Soviética) en su proyecto de catapultarle a la cúpula del Estado. Dicho y hecho. Bastarían un puñado de meses para que lo poco que se sabe de ese acuerdo alcanzado en Euskal Herria frente al golfo de Bizkaia se cristalizara en una campaña presidencial en la que el propio Yeltsin retrataría al exagente como un ciudadano modesto pero fuerte, joven pero preparado y, por encima de todo, leal; justamente lo que anhelaba una sociedad rusa harta de mentiras, nuevos ricos y vendedores de humo.

Añadiendo una campaña «contra el terrorismo» en Chechenia como elemento cohesionador de su creciente electorado, Putin terminó por afianzar los mimbres de una Rusia ciertamente autoritaria aunque, sin duda, más próspera. Tanto empeño le puso este burócrata subestimado por los oligarcas que, harto de su colosal saqueo, se revolvió contra ellos, dándoles a elegir entre la cárcel o el destierro. Y así comenzó el modelo de Estado ruso que hoy conocemos, con un Berezovsky arruinado quitándose la vida en su mansión de Londres y el funcionario que veraneaba en Biarritz liderando implacable el país más grande del mundo.