26/10/2014

EDITORIALA
El «nuevo tiempo político» debería ser algo más que una «nueva normalidad»

La resiliencia del sistema, de lo establecido, es realmente sorprendente. Su capacidad para absorber las crisis es envidiable y suele ser minusvalorada por quienes desean y promueven un cambio radical. Esto sirve tanto para un sistema socioeconómico general como es el capitalismo (quién no recuerda los obituarios que se le escribieron cuando estalló la crisis actual, también desde estas páginas) como para sistemas políticos concretos como el español (en permanente decadencia, corrompido por todos sus costados, pero no todo lo debilitado que sería lógico ante semejante desbarajuste institucional y social). Evidentemente, lo mismo cabe decir del sistema político vasco, que está neutralizando el potencial de un momento histórico en beneficio de la estabilidad y la normalidad. Una normalidad incompatible con tener a cerca de quinientos conciudadanos presos por razones políticas -entre ellos los máximos dirigentes de la segunda fuerza-, con estar pendientes de una excepcionalidad jurídica permanente, con la necesidad de dar un final ordenado y verificado al ciclo de violencia política o con la imposibilidad de una parte importante de la sociedad de llevar a cabo su proyecto político pacífica y democráticamente.

En este contexto, aun con todo lo problemático y complejo del momento, la sociedad vasca debería estar inmersa en un debate constituyente sobre cómo afrontar la nueva fase política que se abrió hace ya tres años. Un debate de país o, mejor dicho, muchos debates a lo largo y ancho del país; debates abiertos y en clave de futuro. Incluso en parámetros de normalidad, es evidente que los consensos actuales carecen de legitimidad por no contemplar las posiciones de gran parte de la sociedad, lo que obligaría a buscar nuevos consensos. Pero, salvo honrosas excepciones, el debate público sigue instalado en los mismos parámetros de siempre.

Por eso, entre otras cosas, resulta sorprendente e ilusionante el paso dado por los representantes políticos de Ipar Euskal Herria al plantear una agenda común por la resolución integral del conflicto. Han roto las inercias, han mostrado altura de miras, han demostrado que se pueden hacer las cosas de otro modo. Acompasándose a la realidad, planteamientos que hasta hace poco eran minoritarios se han convertido en unánimes. Mientras tanto, al otro lado del Bidasoa, planteamientos que son abiertamente mayoritarios son incapaces de articularse para avanzar hacia un bien común tan básico como una paz justa y duradera, basada en el principio de todos los derechos para todas las personas.

Constancia, sentido común y estar preparados

Desgraciadamente, el nuevo ciclo electoral abre la puerta a limitar aún más ese debate público, que en vez de en términos históricos se desarrolla en clave de legislatura y poco más. Y no es que en el plano institucional no se haya hecho una auténtica revolución en diferentes localidades y territorios. Existen además perspectivas de ahondar en ese cambio sostenido que puede traer a corto y medio plazo cambios sustanciales en las condiciones de vida y derechos de la ciudadanía vasca. Uno de los problemas es que, en gran medida, no se ha dotado a ese cambio de un contexto social y político que trascienda, que genere ilusión e implicación, que provoque nuevas sinergias y escenarios, que le dé sentido estratégico común. Una aspiración como país y como comunidad, más allá de familias, tribus y parroquias. Sin enmarcar y dar sentido colectivo a esos miles de esfuerzos y compromisos cotidianos, particulares y comunitarios, es difícil que se den cambios cualitativos, o incluso poner los cambios reales en valor. Y así resulta difícil capitalizar, y resulta frustrante para ese capital humano que debe ser protagonista del nuevo tiempo.

Debería preocuparnos como sociedad que el sentido común, que esta semana ha sido expresado a la perfección en el discurso de Brian Currin y sus compañeros, resulte tan sorprendente y refrescante, por decirlo de alguna manera. Tampoco es que Currin dijese nada nuevo; simplemente expuso las paradojas del momento y articuló sus propuestas sobre los derechos humanos y el realismo político. Pero dota ese discurso de serenidad y credibilidad, y los hechos, si bien lentamente, le acompañan. Así se comprobó en Baiona.

En Euskal Herria, habiendo coincidido en el tiempo la crisis general, la crisis del sistema político español, los procesos escocés y catalán y el momento histórico que simboliza el cese definitivo de la actividad armada de ETA, uno de los mayores peligros del que hemos denominado «nuevo tiempo político» es que pueda devenir en una «nueva normalidad». Todo ha sido excepcional aquí durante las últimas décadas, y esa excepcionalidad ha generado esquemas, estructuras, inercias e intereses que en gran medida tienen bloqueadas las potencialidades de este tiempo.

Sin embargo, frente a la imagen de «nueva normalidad» que algunos quieren vender, en esta época turbulenta la realidad resulta a menudo desbordante. Los acontecimientos se desencadenan como consecuencia de las crisis. Si no se está preparado para esos momentos, el sistema tiene más opciones de rentabilizar ese desborde. Si se está preparado, en cambio, lo que parecía imposible se convierte en real. En este contexto, la unilateralidad y hablarle a la gente siguen siendo las claves. Es decir, dejar de hacer lo que hasta ahora ha sido «normal».