Taxi al desierto

Por qué no se espera que Terrence Malick venga a esta Berlinale? Porque, sencillamente, es un espectro. ¿Por qué no fue Jean-Luc Godard al último festival de Cannes? Porque, tal y como se dijo ahí mismo, el tipo está por encima del bien y del mal. ¿Y Jafar Panahi? ¿Por qué diablos no hay forma de verle el pelo desde hará ya más de un lustro? En su caso, por estar por muy debajo del mal. Hablamos del régimen político de Irán. Hablamos de la censura como rasgo distintivo de una forma de pensar que, por increíble que parezca, sobrevive a los siglos. Estamos en el siglo XXI, por cierto.
En lo que llevamos de esta centuria, Panahi ha experimentado en sus propias carnes lo que implica este mal... pero a la vez, el -incalculable- valor de una rebelión justa. Con «Taxi» (primera candidata seria al Oso de Oro), el cineasta iraní sigue derribando paredes (físicas y figuradas) para que la realidad (que parece la ficción más espantosa), se convierta en ficción hiperrealista.
El disidente agarra el volante de un taxi y, a través de un sofisticado juego de cámaras, graba a cualquiera que precise de sus servicios. El experimento se salda en una película que bascula, con pasmosa habilidad, entre la comedia y el drama; entre la angustia de la condena y la picardía de quien sabe burlarla. Más allá de su fascinante planteamiento, se reivindica en cada episodio como un documento ameno, divertido y necesariamente certero.
Y hablando de espíritus indomables... Werner Herzog. Dirigiendo un biopic dedicado a Gertrude Bell. Bien. Solo que «Queen of the Desert» es, ante todo, una película incómoda en su apreciación. ¿Pretende ser clásica? ¿O acaso es irremediablemente vieja? No queda claro. La más hiriente: ¿Hay algo más, aparte de la voluntad de cumplir con los estándares de aquellas superproducciones del Hollywood dorado? Uf.
De momento, quedémonos con que James Franco, ese concepto, solo sabe hacer reír (mucho), con que Robert Pattinson ha interpretado a T.E. Lawrence (en serio) y con algo que ya sabíamos: Nicole Kidman es una señora vedette. El resto discurre en esa fastidiosa zona de nadie. Entre ese tan efectivo espíritu aventurero herzogiano (domado, eso sí) y esa incomprensible tendencia hacia la naftalina más cursi. Vaya, entre lo incombustible y lo que (ay...) envejece.

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