Carlos GIL
Analista cultural

Me gusta

Nos acostumbramos a reducir nuestro análisis sobre las creaciones artística a un lacónico: me gusta. O un desmotivado no me gusta. Es la reacción básica y primaria. Un ciudadano puede quedarse en ese estadio de satisfacción como consumidor final, pero un gestor, un profesional debe argumentar, debe ir un poco más allá, para no quedarse en un principio de ignominia. No es preciso hacer un tratado, ni levantar una teoría para enjuiciar una comedieta de costumbres, pero debería ser obligatorio comprender las intenciones, los significados y el valor artístico así como las técnicas utilizadas por el artista que expones en la sala que gestionas.

Me gusta es un primer paso para entablar una relación de amor intelectual con un poeta o una trapecista. Una vez superada la primera fase de fascinación entra la grandeza de dejarse penetrar por la sutilezas de cada instante, de llegar a las mayores profundidades en cada pincelada o en cada diagonal trazada en un escenario por un bailarín que suda de manera conceptual. Los niños ante un cuento expresado con palabras, luz, movimiento y música reciben una información que codifican según sus capacidades y acaban entregados a la narración o repudiando lo que se les ofrece sin condicionantes. No han entrado todavía en la convención ni en el qué dirán. Por eso dicen con soltura ese me gusta asonante. A los que deciden una programación, una ayuda o un futuro de un artista o un colectivo se les debe exigir mucho más que esas reacciones simples y chatas. Su incapacidad e ignorancia son el síntoma del fracaso del sistema actual. Algo que tiene fácil remedio con un poco de rigor y tino político. Me gusta.