Recuerdos de solidaridad ecuatoriana con los vascos deportados en Quito
Elsie Monje, activista de Derechos Humanos, fue una de las únicas personas que mantuvo contacto con Alfonso Etxegarai, Miguel Ángel Aldana y Eugenio Etxebeste durante su confinamiento en Quito. También estuvo en el acto de apoyo a un proceso de diálogo.

En enero de 1986, Alfonso Etxegarai y Miguel Ángel Aldana, dos ciudadanos vascos confinados en Ecuador, fueron secuestrados y torturados en un descampado de Quito. Los responsables, impunes, eran agentes españoles desplazados hasta la capital andina. Una de las pocas personas con quien mantenían relación en aquella vivienda convertida en cárcel era Elsie Monje, activista de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (CEDH), que disponía de un permiso especial para poder visitarles. Casi tres décadas después, no se ha roto el lazo con Euskal Herria de esta mujer de fe inquebrantable y preocupación extrema por quienes más sufren. Allí se encontraba, en la Casa de la Cultura Benjamín de Carrión de Quito, mientras se presentaba el documento por la paz en Euskal Herria que había sido suscrito por 75 personalidades ecuatorianas. Como buena conocedora de la causa vasca y del sufrimiento padecido por cientos de activistas, Monje mostraba su esperanza por el ciclo abierto desde el cese decretado por ETA y hacía énfasis en el papel de la sociedad civil. Tampoco podía evitar recordar las penurias y la injusticia sufridas por Etxegarai y su mujer, Kristiane Etxaluz, quien le acompaña, desde 1986, en su deportación de Cabo Verde. O de Aldana. O de Eugenio Etxebeste, que también pasó por Quito durante un breve período de tiempo. «Hay que solucionarlo», insiste, reflexionando sobre el conflicto. Sobre su amigo Etxegarai, todavía confinado, se plantea «cómo es posible que estén retenidos cuando no hay ningún proceso».
Monje conoció a los dos deportados vascos en 1985, cuando la organización de Derechos Humanos en la que trabajaba tuvo noticias sobre dos ciudadanos vascos que habían sido trasladados a Quito. «No estaban detenidos, sino confinados, pero, ¿por qué estaban bajo arresto domiciliario si no habían cometido ningún delito en Ecuador?», argumenta. A partir de entonces, se convirtieron en una de las pocas visitas con permiso para acceder a la vivienda en la que también pernoctaban doce agentes de la policía ecuatoriana. «Hablábamos mucho. Nos contaban sobre sus ideales, sobre la situación del País Vasco», rememora. Para poder eludir el oído indiscreto de los captores, recuerda que las conversaciones se desarrollaban en un aparte del domicilio, con los guardias en la sala. «Poníamos la radio a todo volumen para que no nos escuchasen nada», explica. Su amistad se forjó en aquellos meses en los que la comisión ecuménica también se encargaba de que los familiares llegados de Euskal Herria tuviesen acomodo en Quito, ya que no podían pernoctar en la vivienda de los deportados.
El secuestro de 1986
Las dificultades en aquel limbo jurídico y, sobre todo, el relato de torturas que padecieron los deportados vascos marcarían aquella estancia. Sobre las primeras, Monje rememora el matrimonio entre Etxegarai y Etxaluz, frustrado en el último momento cuando el papel que certificaba el enlace en la embajada francesa fue «arrancado» misteriosamente. «Como ella era francesa, si se casaban legal y eclesiásticamente podría solicitar que fuese a Francia», indica. Tras consumar el enlace en la sacristía de una Iglesia, el arresto de la ciudadana vasca en una protesta en la que «no estaba participando, sino caminando por la acera» frustró el plan. Para cuando llegaron a la legación, el papel había desaparecido. «Peleamos para que se tipificase su situación jurídica», explica.
Más duro fue el secuestro . «Un día no nos dejaron entrar. Preguntamos, comenzamos a averiguar». Para entonces, los dos confinados ya habían sido trasladados a aquel tétrico descampado. «No querían hablar de eso. Les amenazaron, les torturaron, vendaron, amenazaron... fueron torturas muy fuertes», recuerda. Poco después, los tres ciudadanos vascos abandonarían el país. Etxegarai sigue en Cabo Verde, en ese limbo legal. «Habría que hacer una campaña internacional», clama. La lejanía no rompió la amistad. De hecho, Monje visitó Euskal Herria a principios de 2000. Ahora confía en que el proceso de resolución ponga sobre la mesa «todos los tormentos que han pasado los detenidos y los presos». Ella ya ha dado un paso suscribiendo el texto de apoyo al diálogo.

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