Dabid Lazkanoiturburu

Los chechenos le sirven al Kremlin tanto para un roto como para un descosido

El Dios eslavo me libre de acusar a Vladimir Putin por el atentado contra el opositor neoliberal Nemtsov. Pero convendrán conmigo en que el asunto huele a todo menos a incienso del Kremlin.

No ha habido sorpresas. El principal sospechoso y sus presuntos cómplices son, cómo no, chechenos. Siete días después de que Nemtsov muriera tiroteado al lado de la Plaza Roja, los servicios de inteligencia rusos han cumplido con su deber.

El problema es que el presunto tiroteador, Zaur Dadaiev, no era un «checheno malo». Al contrario, era tan bueno a los ojos de Moscú que fue condecorado en 2010 por el entonces ministro de Interior ruso, Rachid Nourgaliev, por su «coraje en el cumplimiento de su deber militar». No en vano Dadaiev sirvió durante 10 años luchando contra los «chechenos malos» en el Batallón Sever. ¿Qué movió entonces a Dadaiev a atentar contra Nemtsov? La respuesta la dio precisamente su jefe y tirano checheno prorruso Ramzan Kadirov. Tras alabarlo como «un verdadero patriota ruso» (sic), Kadirov soltó como quien no quiere la cosa que «es un hombre profundamente religioso que como todos los musulmanes, quedó impactado por las caricaturas de «Charlie Hebdo»».

Ya tenemos el móvil. Checheno y fanático musulmán. Todo encaja. Ya se sabe que todo es posible en Rusia. Hasta que un checheno prorruso ponga en un brete a Putin matando a uno de sus viejos rivales a la puerta de su casa. ¿Se acuerdan de quiénes fueron los sospechosos de la muerte a tiros de la defensora de Chechenia Anna Politovskaia? Han acertado. Eran chechenos. Por supuesto.