Carlos GIL
CRíTICA dFeria

La poética del moscardón


Una mosca cuando suena en un silencio cómplice de la soledad parece un moscardón. Un anciano que enviuda, que tiene un hijo superado por las circunstancias y una nieta pendiente del móvil es un monumento a la soledad conmovedora. Por eso puede llegar a jugar a las cartas con una mosca, a tenerla como única compañía y a sufrir un desencanto total cuando es aplastada en un acto reflejo. Esta es la gran metáfora para definir el abandono al que se puede someter a un anciano en una familia tipo, no desestructurada, sino normal. Este es el mensaje medular de esta nueva obra de Kulunka.

Una nueva entrega que remarca un estilo, una concepción, un lenguaje. Diría que una indagación en continuidad, una fidelidad que se amplía y fija su manera de hacer a partir de sus hallazgos, sus logros. Sin texto, con temas reconocibles, socialmente importantes, y con esa profusión de personajes que se logran con unas máscaras que dotan de una estética que se aposenta en la atención del espectador hasta lograr una humanidad absoluta, una expresión variable pese a ser eso, un objeto inanimado, un rostro perpetuo que transmite de una manera volcánica emociones.

Quizás ese magnífico uso, esa metabolización de cada personaje en el cuerpo de los tres actores, sea lo más reseñable del trabajo de este grupo vasco, el más internacional de todos, que en cuanto ajuste en esta propuesta algunos segundos perdidos, alguna pequeña laguna dramatúrgica provocada por las dificultades de la celeridad en el cambio de personajes y de estar hablando de un estreno, se convertirá en otra joya teatral, sencilla, importante, ambiciosa en su humildad, necesaria por su compromiso discursivo. Y seguiremos pensando en cómo son capaces de hacernos reír ante la tragedia que estamos contemplando, esa soledad mineral que atraviesa la bella historia. Y en su maestría para sentirnos mejores al ver su trabajo. Quedamos purificados por su arte y su dulce denuncia mostrada con la poética del vuelo del moscardón.